Elvira de Arba Colmenar Viejo (si no me engaña la memoria ram) envía un par de direcciones para obtener información y oponerse a la estación de esquiar.
http://www.20minutos.es/noticia/987233/0/
http://www.peticionpublica.es/PeticaoAssinada.aspx?pi=P2011N6969
Como dice el maestro Rosendo, agradecidooo.
ASOCIACIÓN PARA
DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID
MARTES de
Facultad de Medicina, entrada por c/ Real de Burgos s/n (frente a la residencia Alfonso VIII)
viernes, 13 de mayo de 2011
Upupa epops
A la hora de la siesta me siento con los prismáticos a mano todo lo inmóvil que puedo cerca de un nido de abubilla que aprovecha un agujero bajo el alfeizar de una ventana en una pared de tapial.
Y acierto con un período intenso de alimentación de los polluelos que pían reclamando alimento cuando se acerca un progenitor con ceba en el extremo de su pico largo y afilado y se posa en el umbral del nido. Uno de los padres, digamos la madre, trabaja con rapidez sin darse descanso: vuela alternativamente hacia la hierba y nada más encontrar un gusano u otro delicatessen abubillero hacia el nido. Para localizarlos hinca el pico en el suelo usándolo como una especie de eficaz sonda de pequeños bocados.
Una segunda ave (llamémosle el padre) llega volando y trae ceba de tamaño mayor en el pico. La primera vez que lo veo se acerca intermitentemente cuatro veces en vuelo hasta cerca del nido y se da la vuelta sin entregar el alimento ni posarse en el agujero que es el hogar de su prole. Tras ello se posa en una rama cercana y permanece observando a la espera. La madre lanza su gruñido áspero o advertencia cada vez que se posa en la boca del nido. Cuando le encuentra cerca del agujero, se encara con él sin mucho ímpetu y lo aleja.
Por fin, al quinto intento, el padre les suministra el bicho a las crías. Después de este ritual que si sí, que si no, vuelve con otro insecto grande en el pico y lo da a sus pollos sin más.
Y acierto con un período intenso de alimentación de los polluelos que pían reclamando alimento cuando se acerca un progenitor con ceba en el extremo de su pico largo y afilado y se posa en el umbral del nido. Uno de los padres, digamos la madre, trabaja con rapidez sin darse descanso: vuela alternativamente hacia la hierba y nada más encontrar un gusano u otro delicatessen abubillero hacia el nido. Para localizarlos hinca el pico en el suelo usándolo como una especie de eficaz sonda de pequeños bocados.Una segunda ave (llamémosle el padre) llega volando y trae ceba de tamaño mayor en el pico. La primera vez que lo veo se acerca intermitentemente cuatro veces en vuelo hasta cerca del nido y se da la vuelta sin entregar el alimento ni posarse en el agujero que es el hogar de su prole. Tras ello se posa en una rama cercana y permanece observando a la espera. La madre lanza su gruñido áspero o advertencia cada vez que se posa en la boca del nido. Cuando le encuentra cerca del agujero, se encara con él sin mucho ímpetu y lo aleja.
Por fin, al quinto intento, el padre les suministra el bicho a las crías. Después de este ritual que si sí, que si no, vuelve con otro insecto grande en el pico y lo da a sus pollos sin más.
La Encina es un pueblo
La casa rural donde nos alojamos es amplia y conjuga en su interior sin estridencias el sabor de lo antiguo con las comodidades y la estética más actual. Los suelos han conservado las baldosas con el dibujo original, esas pequeñas baldosas cuadradas con diseños que veíamos antes en las casas del pueblo, en la casa de las abuelas. Era la casa de la abuela o la casa de los abuelos? Y por qué? Sólo he conocido a mis abuelos maternos. A él durante poco tiempo y me intriga todo lo que me habré perdido por un cruce tan ligero de nuestras vidas, nublando la mirada interior con una veta de melancolía. Toda mezcla nos enriquece y sin sentido, inútilmente --lo reconozco-- me entristece aquello que no viví, el “y si…” dirigiendo la alborotada reunión de los sentimientos, lo que no ha sido pero pudo ser, no es y no será. A veces casi sobrecoge darse cuenta de todo lo que se han llevado las aguas del olvido con su constante batir en las costas de este mundo como un extraño tipo de muerte en vida.
La casa es una labor de amor, no un amor contemplativo, de mirada reposada sino activo, de obras. El conjunto lleva a percibir un aura de detalles realizados o conservados con cariño, desde la elección de las lámparas de la habitación que ocupé, pasando por las ventanas con cierre de falleba, cuarterones y visillos blancos con encajes calados o la presencia de visillos y cortinas en el gran salón de alto techo que deja ver el entablado de vigas de madera primigenias hasta la panera con su carro de madera de enormes ruedas dispuesto en un rincón. A través de los detalles, mirando con el ojo del corazón se ve como son las personas que han creado la casa, su espíritu, de la misma forma que puedes reconocer a un artista determinado por lo que se puede llamar su estilo. El pueblo es La Encina, en el suroeste salmantino, cerca de Ciudad Rodrigo. La casa se llama Buena Vista –tiene una terraza exterior desde la que se domina parte del pueblo-- y parte del espíritu que habita en ella es de Txomin, el incontenible Txomin. Junto a la iglesia del pueblo y su nido de cigüeñas pienso en todo el trabajo que ha requerido la “puesta a punto” de este alojamiento y la solvencia, sentido práctico y el buen gusto con la que ha quedado solucionado y me admiro. Como le apunto, aunque está destinada a ser ocupada como máximo por ocho personas, es tan grande que te mueves notando espacio a tu alrededor, un lujo que ahora solo está al alcance de la gente de pasta o con una casona en el pueblo. No obstante algo remansa el aire de la casa, tal vez una ausencia.
En la casa rural no se dan comidas pero está completamente equipada con cocina incluyendo vitro cerámica debajo de la cual hay varios estantes ocultos tras una puerta formada por el frontal con grifo de la antigua cocina bilbaína de la casa, por supuesto pintada de color plata. También dispone de microondas y frigo. Aunque no es necesario prepararse nada de comer porque a dos pasos, el restaurante de Manolita asusta con sus platos de solomillos de ternera con copete (no es una exageración) y de patatas fritas recién peladas y cortadas del huerto del “colombiano”. Y se agradece que te asusten con la cantidad y calidad de la comida en vez de hacerlo con la factura. Tanto ella como su marido están pendientes de que no falte nada en la cena y si falta no tardan en dejarlo sobre las mesas unidas a la larga que sostienen la paz de los estómagos hambrientos.
El pueblo es tranquilo, con un buen número de casas, pero no así de habitantes. Sus luces se disparan hacia arriba hiriendo nuestras pupilas cuando intentamos ver las estrellas en la terraza de la casa. A pesar de ello el cielo tiene calidad y la Luna aunque baja y pequeña, antes del cuarto creciente deja ver rasgos en su cara. Saturno y alguno de sus satélites como el enorme y neblinoso Titán también se ofrecen a nuestra vista, pero solo a dos elegidos se muestra una estrella fugaz brillante, anaranjada, lenta y de estela muy prolongada. Y ya que estamos con la Astronomía, queridos niños, os contaré la sorprendente e interesante historia de otra de las lunas de Saturno. Se trata de Japeto, descubierta por Giovanni Cassini en 1761 al Oeste del planeta de los anillos. Cuando en su órbita alrededor del anillado pasaba al lado Este dejaba de ser visible. Cassini dedujo que el satélite tenía un hemisferio muy brillante y otro tan oscuro como la noche que desean los astrónomos. Correcto, signore Cassini! Esta luna reduce su brillo en dos magnitudes cuando pasa de un lado a otro del planeta de modo que Cassini no pudo observarla en el oriental hasta que mejoraron los telescopios treinta y cuatro años después. Las fotografías recientes de la sonda (cómo llamamos a la sonda que ahora mismo está dando vueltas en torno a Saturno y sus satélites… pues, déjame pensar... Como el descubridor de cuatro de ellos: Cassini) enviada a esos lares muestran entre otras cosas a Japeto como una especie de figura de Ying y Yang, por aquí negro carbón y por el otro lado blanco nieve. Como además siempre da la misma cara a Saturno, desde nuestra bolita azul y blanca vemos uno u otro hemisferio según esté a un lado u otro de Saturno. Y todo esto para decirnos al final que no visteis a Japeto? Pues vaya un rollo!
El grupo parlanchín e indisciplinado se remueve inquieto la mañana del sábado y con la pachorra arbera salimos tarde y con la amenaza de la lluvia sobre nuestras cabezas. La casa es acogedora y eso también nos retiene ralentizando nuestros movimientos. Además es una mañana de gratos encuentros pues llegan Ana y Paz, el amable y cordial Óscar, entomólogo de pro y su discípula Mª José. Enriquecidos de esta manera salimos al campo y a la lluvia como caracoles sin cuernos. Y vaya si nos hidratamos. Las lluvias nos visitan intermitentemente aunque gracias al chubasqueiro que generosamente me deja Paz solo me mojo por las pernerillas bajas del pantalón. Mi traje de lluvia se ríe de mí mientras descansa en el armario, en casa. El recorrido es circular y nos pasea de la mano de Pruden y Txomin entre peonías, melisa, brezos, jarillas, falsos jacintos, Violas arvenses (como un pensamiento chiquito), Linaria elegans, genistas inglesas (mata de flores amarillas y pinchos), escobas blancas, pinos, encinas, quejigos, abetos de Douglas, armerias, culebrillas, escarabajos y mariposas, pero todo recogido sobre sí mismo porque el Sol no se muestra con franqueza hasta la tarde. Nos acercamos al río en una zona de tablas de agua verde limpia que invita a bañarse a diferencia del tiempo que hace. Vuelve a llover y nos refugiamos bajo el porche de una caseta cercana en cuyo interior se alberga el nido de un pajarillo. Cerca de allí un puente cruza el río y al salir entre nube y nube el Sol enciende unas hierbas en el fondo del río con un color rojo vívido derrochando un brillo de tesoro que solo se revela bajo su luz directa. Comemos al lado mientras los rayos amarillos vivifican a los que necesitan el reposo por encima del alimento.
El resto del trayecto, ya bien entrada la tarde no cae ni una gota y las nubes se retiran despacio, perezosas. Con pachorra nos acercamos a los coches. En uno montan y en otro se embuten los excursionistas y el consenso dicta irse a tomar una cerveza a un bar que se llama los rosales en (nombre del pueblo no recordado aquí). En el bar tienen una cadena de televisión musical en la que programan una lista de las mejores veinte canciones de Muse y el dueño aunque cambia de cadena es reconducido fácilmente a la música de esta banda que gozamos como gochos en un patatal.
En La Encina, después de los “estragos” solomillescos de ayer en el restaurante reinciden solo un par de personas y los demás desertan en masan al cabrito aunque unos pocos optamos por productos ya sin escamas para saciarnos.
La noche nos mira con miles de ojos, despejada como estaba previsto pero el cansancio ha hecho mella en el grupo y solo unos poquines suben a la terraza renunciando al reposo y la horizontalidad. La Luna creciente se acerca al horizonte y enrojece oyendo los piropos de esa línea que jamás se alcanza ande usted lo que ande, corra lo que corra.
El despertar del domingo es una canción lenta que se anuda con una persecución del pan nuestro que no se ha de alcanzar como la línea de más arriba. Las carreteras no permiten una velocidad excesiva pero salvo este detalle veo con la imaginación una de las persecuciones locas de los Blues Brothers detrás de una barra de pan que por deprisa que vayas siempre está a la misma distancia de tu mano. De un pueblo a otro cambian las casas y los habitantes pero permanece el mismo gesto señalando con un dedo el reloj y moviendo la cabeza de un lado a otro.
El cañón del Águeda nos abre sus brazos en el puente cercano a las aguas represadas. Las laderas se alzan por todos los lados rodeándonos completamente mientras una sauceda frena el ímpetu del río aguas abajo del puente. El viento, encañonado, sopla con intensidad.
Un tipo de mostajo (Sorbus latifolia) nos ha entretenido antes con sus hojas aserradas aislado como único superviviente de una zona de antiguos huertos en los que perviven muros bajos de pizarra levantados a piedra seca y frutales descuidados. Los abejarucos juguetean volando bajo y se posan en los alambres de una cerca o en alguno de sus postes dando al viento sus voces alegres.
Entramos después de la aventura panaria en una dehesa y caminamos entre grandes encinas y algún roble. En las zonas bajas se acumula el agua en charcas para abrevar ganado y la manzanilla y el tomillo perfuman nuestro paso, pero el aroma y color más abundante es del cantueso que tapiza laderas y cunetas alzando sus pétalos como las plumas de un indio en la coronilla floral. Alguna ranita de verde intenso se cruza a nuestro paso secundada por mariposas en vuelo. No es su momento culminante y se nota en su escaso número. En el valle los fresnos aprovechan el agua que encharca el suelo y asoman unas pocas orquídeas, unas Orchis morio y Serapias sacándonos la lengua.
Remontando el valle y dejando atrás esas maravillas caminamos entre el auge de hierbas y flores hasta la rodilla por prados sin pastar que obedecen la orden de la diosa Primavera con la cadena de montañas azuladas al fondo ¿Alguna oferta mejora esto?
La casa es una labor de amor, no un amor contemplativo, de mirada reposada sino activo, de obras. El conjunto lleva a percibir un aura de detalles realizados o conservados con cariño, desde la elección de las lámparas de la habitación que ocupé, pasando por las ventanas con cierre de falleba, cuarterones y visillos blancos con encajes calados o la presencia de visillos y cortinas en el gran salón de alto techo que deja ver el entablado de vigas de madera primigenias hasta la panera con su carro de madera de enormes ruedas dispuesto en un rincón. A través de los detalles, mirando con el ojo del corazón se ve como son las personas que han creado la casa, su espíritu, de la misma forma que puedes reconocer a un artista determinado por lo que se puede llamar su estilo. El pueblo es La Encina, en el suroeste salmantino, cerca de Ciudad Rodrigo. La casa se llama Buena Vista –tiene una terraza exterior desde la que se domina parte del pueblo-- y parte del espíritu que habita en ella es de Txomin, el incontenible Txomin. Junto a la iglesia del pueblo y su nido de cigüeñas pienso en todo el trabajo que ha requerido la “puesta a punto” de este alojamiento y la solvencia, sentido práctico y el buen gusto con la que ha quedado solucionado y me admiro. Como le apunto, aunque está destinada a ser ocupada como máximo por ocho personas, es tan grande que te mueves notando espacio a tu alrededor, un lujo que ahora solo está al alcance de la gente de pasta o con una casona en el pueblo. No obstante algo remansa el aire de la casa, tal vez una ausencia.
En la casa rural no se dan comidas pero está completamente equipada con cocina incluyendo vitro cerámica debajo de la cual hay varios estantes ocultos tras una puerta formada por el frontal con grifo de la antigua cocina bilbaína de la casa, por supuesto pintada de color plata. También dispone de microondas y frigo. Aunque no es necesario prepararse nada de comer porque a dos pasos, el restaurante de Manolita asusta con sus platos de solomillos de ternera con copete (no es una exageración) y de patatas fritas recién peladas y cortadas del huerto del “colombiano”. Y se agradece que te asusten con la cantidad y calidad de la comida en vez de hacerlo con la factura. Tanto ella como su marido están pendientes de que no falte nada en la cena y si falta no tardan en dejarlo sobre las mesas unidas a la larga que sostienen la paz de los estómagos hambrientos.
El pueblo es tranquilo, con un buen número de casas, pero no así de habitantes. Sus luces se disparan hacia arriba hiriendo nuestras pupilas cuando intentamos ver las estrellas en la terraza de la casa. A pesar de ello el cielo tiene calidad y la Luna aunque baja y pequeña, antes del cuarto creciente deja ver rasgos en su cara. Saturno y alguno de sus satélites como el enorme y neblinoso Titán también se ofrecen a nuestra vista, pero solo a dos elegidos se muestra una estrella fugaz brillante, anaranjada, lenta y de estela muy prolongada. Y ya que estamos con la Astronomía, queridos niños, os contaré la sorprendente e interesante historia de otra de las lunas de Saturno. Se trata de Japeto, descubierta por Giovanni Cassini en 1761 al Oeste del planeta de los anillos. Cuando en su órbita alrededor del anillado pasaba al lado Este dejaba de ser visible. Cassini dedujo que el satélite tenía un hemisferio muy brillante y otro tan oscuro como la noche que desean los astrónomos. Correcto, signore Cassini! Esta luna reduce su brillo en dos magnitudes cuando pasa de un lado a otro del planeta de modo que Cassini no pudo observarla en el oriental hasta que mejoraron los telescopios treinta y cuatro años después. Las fotografías recientes de la sonda (cómo llamamos a la sonda que ahora mismo está dando vueltas en torno a Saturno y sus satélites… pues, déjame pensar... Como el descubridor de cuatro de ellos: Cassini) enviada a esos lares muestran entre otras cosas a Japeto como una especie de figura de Ying y Yang, por aquí negro carbón y por el otro lado blanco nieve. Como además siempre da la misma cara a Saturno, desde nuestra bolita azul y blanca vemos uno u otro hemisferio según esté a un lado u otro de Saturno. Y todo esto para decirnos al final que no visteis a Japeto? Pues vaya un rollo!
El grupo parlanchín e indisciplinado se remueve inquieto la mañana del sábado y con la pachorra arbera salimos tarde y con la amenaza de la lluvia sobre nuestras cabezas. La casa es acogedora y eso también nos retiene ralentizando nuestros movimientos. Además es una mañana de gratos encuentros pues llegan Ana y Paz, el amable y cordial Óscar, entomólogo de pro y su discípula Mª José. Enriquecidos de esta manera salimos al campo y a la lluvia como caracoles sin cuernos. Y vaya si nos hidratamos. Las lluvias nos visitan intermitentemente aunque gracias al chubasqueiro que generosamente me deja Paz solo me mojo por las pernerillas bajas del pantalón. Mi traje de lluvia se ríe de mí mientras descansa en el armario, en casa. El recorrido es circular y nos pasea de la mano de Pruden y Txomin entre peonías, melisa, brezos, jarillas, falsos jacintos, Violas arvenses (como un pensamiento chiquito), Linaria elegans, genistas inglesas (mata de flores amarillas y pinchos), escobas blancas, pinos, encinas, quejigos, abetos de Douglas, armerias, culebrillas, escarabajos y mariposas, pero todo recogido sobre sí mismo porque el Sol no se muestra con franqueza hasta la tarde. Nos acercamos al río en una zona de tablas de agua verde limpia que invita a bañarse a diferencia del tiempo que hace. Vuelve a llover y nos refugiamos bajo el porche de una caseta cercana en cuyo interior se alberga el nido de un pajarillo. Cerca de allí un puente cruza el río y al salir entre nube y nube el Sol enciende unas hierbas en el fondo del río con un color rojo vívido derrochando un brillo de tesoro que solo se revela bajo su luz directa. Comemos al lado mientras los rayos amarillos vivifican a los que necesitan el reposo por encima del alimento.
El resto del trayecto, ya bien entrada la tarde no cae ni una gota y las nubes se retiran despacio, perezosas. Con pachorra nos acercamos a los coches. En uno montan y en otro se embuten los excursionistas y el consenso dicta irse a tomar una cerveza a un bar que se llama los rosales en (nombre del pueblo no recordado aquí). En el bar tienen una cadena de televisión musical en la que programan una lista de las mejores veinte canciones de Muse y el dueño aunque cambia de cadena es reconducido fácilmente a la música de esta banda que gozamos como gochos en un patatal.
En La Encina, después de los “estragos” solomillescos de ayer en el restaurante reinciden solo un par de personas y los demás desertan en masan al cabrito aunque unos pocos optamos por productos ya sin escamas para saciarnos.
La noche nos mira con miles de ojos, despejada como estaba previsto pero el cansancio ha hecho mella en el grupo y solo unos poquines suben a la terraza renunciando al reposo y la horizontalidad. La Luna creciente se acerca al horizonte y enrojece oyendo los piropos de esa línea que jamás se alcanza ande usted lo que ande, corra lo que corra.
El despertar del domingo es una canción lenta que se anuda con una persecución del pan nuestro que no se ha de alcanzar como la línea de más arriba. Las carreteras no permiten una velocidad excesiva pero salvo este detalle veo con la imaginación una de las persecuciones locas de los Blues Brothers detrás de una barra de pan que por deprisa que vayas siempre está a la misma distancia de tu mano. De un pueblo a otro cambian las casas y los habitantes pero permanece el mismo gesto señalando con un dedo el reloj y moviendo la cabeza de un lado a otro.
El cañón del Águeda nos abre sus brazos en el puente cercano a las aguas represadas. Las laderas se alzan por todos los lados rodeándonos completamente mientras una sauceda frena el ímpetu del río aguas abajo del puente. El viento, encañonado, sopla con intensidad.
Un tipo de mostajo (Sorbus latifolia) nos ha entretenido antes con sus hojas aserradas aislado como único superviviente de una zona de antiguos huertos en los que perviven muros bajos de pizarra levantados a piedra seca y frutales descuidados. Los abejarucos juguetean volando bajo y se posan en los alambres de una cerca o en alguno de sus postes dando al viento sus voces alegres.
Entramos después de la aventura panaria en una dehesa y caminamos entre grandes encinas y algún roble. En las zonas bajas se acumula el agua en charcas para abrevar ganado y la manzanilla y el tomillo perfuman nuestro paso, pero el aroma y color más abundante es del cantueso que tapiza laderas y cunetas alzando sus pétalos como las plumas de un indio en la coronilla floral. Alguna ranita de verde intenso se cruza a nuestro paso secundada por mariposas en vuelo. No es su momento culminante y se nota en su escaso número. En el valle los fresnos aprovechan el agua que encharca el suelo y asoman unas pocas orquídeas, unas Orchis morio y Serapias sacándonos la lengua.
Remontando el valle y dejando atrás esas maravillas caminamos entre el auge de hierbas y flores hasta la rodilla por prados sin pastar que obedecen la orden de la diosa Primavera con la cadena de montañas azuladas al fondo ¿Alguna oferta mejora esto?
domingo, 24 de abril de 2011
jueves, 21 de abril de 2011
Tarde en expo Arba Va
De nuevo persisto en la soledad de mis pensamientos mientras permanezco sentado al cuidado en la expo Arba Va en el C.C. Juan de Austria. La sala es amplia y tiene ventanas en tres paredes, la iluminación debería ser por tanto generosa pero no es así y por lo tanto los focos permanecen encendidos. Los interruptores tienen una disposición funcional extraña. Uno de ellos enciende todos los focos que iluminan las paredes. Otro enciende un único foco. Abro las ventanas, hace calor y no quiero que las plantas se tuesten ni el que suscribe tampoco. Ayer las hemos regado bien, incluso en exceso previendo la elevada temperatura.
Al lado pasa la carretera que nos separa de elcorteinglés donde se congrega la procesión de las compras sabatinas. Los coches están aparcados unos encima de otros y me imagino el gentío que debe estar circulando por el interior de ese edificio cerrado con su circulación artificial de aire. Aquí el aire se mueve entre las ventanas abiertas y la luz natural del atardecer y la luz del Sol que amarillea paredes de edificios contiguos me hacen suspirar por ellos. En contrapeso aquí no tengo los delicatessen cortinglesinos si bien es cierto que tampoco he de pagar por ellos.
Los vecinos de la planta son en su mayoría jóvenes que con el entusiasmo de su edad alborotan bien con sus gargantas bien con música. Algunos practican break dance o baile de esos que requieren buen desgaste muscular.
Pongo una flecha para indicar el sentido del recorrido. Nada más entrar a la derecha.
No aparecen muchas visitas. Parece que el personal ya se ha ido de vacaciones o bien está haciendo hueco en el sillón preparando el primero de una serie de partidos del siglo de este año, un madrí-barsa que a buen seguro vaciará las calles propiciando paseos tranquilos y casi nula actividad en las urgencias de los hospitales. Me relamo al pensar en esa tranquilidad y es que con el tiempo se saborea como un bocado jugoso o un buen vino que perduran en la memoria del gusto. Supongo que todo decanta mejor envuelto en el abrazo amoroso de la calma.
Un señor mayor entra con ojillos entrecerrados y comienza a pegar la hebra. Es de los Arribes y me entera de un tipo de injerto que desconocía, el de anillo. Me explica la técnica y me admira con ello. El trocito de corteza nada más quitarlo hay que meterlo a la boca porque se seca en seguida, se coloca yema con yema con la piel de la corteza alrededor y listo. Bueno, o algo así porque no se muy bien como lo haría yo de verme en la necesidad y es que todo tiene su técnica aunque parezca la cosa más sencilla del mundo. Desastres en el bricolaje me reafirman en esta opinión, sobre todo cuando miras el resultado de la chapuza y alguien dice o tú piensas: pero si es muy fácil. Depende de la confianza luego pueden venir insultos más o menos gruesos, descalificaciones y latigazos a la autoestima cuyo número va en relación directa con el parentesco.
Siempre me admiro de la cortesía y la educación de las personas más mayores. Saludan al entrar y pienso que quizá antes no había escuela, no había instrucción pero de alguna forma recibían educación.
Los jóvenes entran, echan un vistazo rápido y se dan media vuelta. Todo tiene que ser rápido para las generaciones multimedia, los nativos digitales. Los que más duran son los que están en la sala del fondo a la derecha con el caseto a buen volumen dispuestos al baile. También entra el despistado que pregunta donde están los servicios. Traspasas las puertas del fondo y a la izquierda. En la sala contigua debe haber una convención de no se qué juego de rol manga a juzgar por los peinados y ropas que muestran estos jóvenes.
Cuando me veo con el humor adecuado doy unas indicaciones a las escasas visitas. Resalto el roller del quejigo cuatro estaciones, retrato de David que titula El Guardián del Monte del estimable árbol al que ARBA Va ya le ha presentado sus respetos. El quejigo de invierno con una cencellada tremenda contrasta en blanco y negro con el resto de sus alter ego estacionales.
Se acerca la hora de plegar velas y dirigirme a puerto acompañada por un aumento del volumen de las músicas. Esto tiene que ver, sin duda, con las actividades del Vallanoche dirigidas a la juventud urbana. En el exterior el viento mueve las hojas de verde primavera de los árboles.
Cierro una ventana orientada al Sur y asomo la vista afuera. Una hermosa Luna me besa los ojos nítida, con sus mares contrastando vivamente. Hora de irse.
Al lado pasa la carretera que nos separa de elcorteinglés donde se congrega la procesión de las compras sabatinas. Los coches están aparcados unos encima de otros y me imagino el gentío que debe estar circulando por el interior de ese edificio cerrado con su circulación artificial de aire. Aquí el aire se mueve entre las ventanas abiertas y la luz natural del atardecer y la luz del Sol que amarillea paredes de edificios contiguos me hacen suspirar por ellos. En contrapeso aquí no tengo los delicatessen cortinglesinos si bien es cierto que tampoco he de pagar por ellos.
Los vecinos de la planta son en su mayoría jóvenes que con el entusiasmo de su edad alborotan bien con sus gargantas bien con música. Algunos practican break dance o baile de esos que requieren buen desgaste muscular.
Pongo una flecha para indicar el sentido del recorrido. Nada más entrar a la derecha.
No aparecen muchas visitas. Parece que el personal ya se ha ido de vacaciones o bien está haciendo hueco en el sillón preparando el primero de una serie de partidos del siglo de este año, un madrí-barsa que a buen seguro vaciará las calles propiciando paseos tranquilos y casi nula actividad en las urgencias de los hospitales. Me relamo al pensar en esa tranquilidad y es que con el tiempo se saborea como un bocado jugoso o un buen vino que perduran en la memoria del gusto. Supongo que todo decanta mejor envuelto en el abrazo amoroso de la calma.
Un señor mayor entra con ojillos entrecerrados y comienza a pegar la hebra. Es de los Arribes y me entera de un tipo de injerto que desconocía, el de anillo. Me explica la técnica y me admira con ello. El trocito de corteza nada más quitarlo hay que meterlo a la boca porque se seca en seguida, se coloca yema con yema con la piel de la corteza alrededor y listo. Bueno, o algo así porque no se muy bien como lo haría yo de verme en la necesidad y es que todo tiene su técnica aunque parezca la cosa más sencilla del mundo. Desastres en el bricolaje me reafirman en esta opinión, sobre todo cuando miras el resultado de la chapuza y alguien dice o tú piensas: pero si es muy fácil. Depende de la confianza luego pueden venir insultos más o menos gruesos, descalificaciones y latigazos a la autoestima cuyo número va en relación directa con el parentesco.
Siempre me admiro de la cortesía y la educación de las personas más mayores. Saludan al entrar y pienso que quizá antes no había escuela, no había instrucción pero de alguna forma recibían educación.
Los jóvenes entran, echan un vistazo rápido y se dan media vuelta. Todo tiene que ser rápido para las generaciones multimedia, los nativos digitales. Los que más duran son los que están en la sala del fondo a la derecha con el caseto a buen volumen dispuestos al baile. También entra el despistado que pregunta donde están los servicios. Traspasas las puertas del fondo y a la izquierda. En la sala contigua debe haber una convención de no se qué juego de rol manga a juzgar por los peinados y ropas que muestran estos jóvenes.
Cuando me veo con el humor adecuado doy unas indicaciones a las escasas visitas. Resalto el roller del quejigo cuatro estaciones, retrato de David que titula El Guardián del Monte del estimable árbol al que ARBA Va ya le ha presentado sus respetos. El quejigo de invierno con una cencellada tremenda contrasta en blanco y negro con el resto de sus alter ego estacionales.
Se acerca la hora de plegar velas y dirigirme a puerto acompañada por un aumento del volumen de las músicas. Esto tiene que ver, sin duda, con las actividades del Vallanoche dirigidas a la juventud urbana. En el exterior el viento mueve las hojas de verde primavera de los árboles.
Cierro una ventana orientada al Sur y asomo la vista afuera. Una hermosa Luna me besa los ojos nítida, con sus mares contrastando vivamente. Hora de irse.
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