ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN

DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID

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MARTES de 19:30 a 21:30 h. en el vivero:

Facultad de Medicina, entrada por c/ Real de Burgos s/n (frente a la residencia Alfonso VIII)

martes, 27 de septiembre de 2011

En Bernedo con Sacolegui y otros amigos

Reducido ante la Naturaleza, una mota de polvo, un bichito pequeño de esos que te encuentras paseando por el campo. Así me siento mientras paso revista mental a la excursión por la montaña alavesa del último fin de semana de septiembre en este 2011, como en una foto de un paisaje grandioso donde se ven unas pequeñas figuras a lo lejos percibo que somos parte de ella, sujetos a todo tipo de contingencias, pero solo una pequeña parte. Por lo tanto, no cabe otra respuesta que la humildad y el respeto. A mi juicio no tenemos talla suficiente para pretender dominarla, ¡somos tan pequeños! Tan diminutos como un grano de arena zarandeado por las olas del mar. Y a través de las noticias periódicamente comprobamos con inundaciones y otras catástrofes naturales que Ella es quien tiene la última palabra. Los antiguos tenían una visión semejante. Pretendiendo protegerse y comprender creaban dioses de multitud de fenómenos y manifestaciones de la Naturaleza buscando el anhelado orden. Y me asombro; asombrado del sistema tan gigantesco que conforma ese ambiente natural que nos rodea y de que en muchos casos no sepamos convivir con él y nos pongamos en su contra cuando lo más sencillo sería remar a favor de su corriente vigorosa y constante.


Es viernes y hay que llegar al albergue de Bernedo para cenar. Y llegamos después de horas de carretera y 10, 10 euros de peaje con una tormenta en el cielo que lava la furgoneta a la vez que vacía las calles del pueblo. Allí ya se encuentran Rosa, Antonio y Juan Luis que será nuestro guía. La lluvia nos empapa dulce y suavemente mientras descargamos el equipaje y lo subimos a las habitaciones comunales. Hoy solo está nuestro grupo, mañana compartiremos alojamiento con una pareja joven de aficionados a la bici. Los coches rellenan el aparcamiento e inundan de txirpialeros alborotadores la plácida atmósfera del pueblo. Kepa, Adolfo y así hasta la docena larga de caras conocidas. Como luego comentaremos, solo han venido los fieles incluido Jesús de la Jacetania , una agradable e inesperada compañía.

A cenar a la mesa no falta nadie pues un segundo grupo llega desde Valladolid con el capitán Mario al volante. La lasaña en bloque prefabricada y el pollo con patatas nos dejan preparados para visitar el bar local. Noto a Adolfo comedido ante el plato, digo yo que si estará a régimen o si no le irán las cenas abundantes. Kepa nos informa del tapón de tráfico que han tenido que superar para salir de Bilbao debido a la fuerte contestación al cierre de una comunidad okupa auto gestionada en favor de la especulación urbanística, signo de los tiempos. Sorprende cuando afirma que han venido autocares del extranjero porque la comunidad era conocida por su gestión de actividades culturales de todo tipo incluso una escuela de circo.

Pitos me dirá con razón al día siguiente que “no era persona” en la cena. Y es que un dolor de cabeza y el cansancio del día y la conducción convierten el conjunto de conversaciones cruzadas en un zumbido muy molesto dentro de mi cabecita. Por suerte el paseo hasta el barete y la visita guiada conducida por Kepa a los mejores rincones del pueblo me despeja lo suficiente para dormir con provecho. Kepa señala una sentencia lóbrega escrita encima de la puerta de una pequeña ermita (La maldición de la madre abrasa la tierra y los hijos o algo semejante). La frasecita no es para leerla a solas en la calle vacía a las doce de la noche en esta tierra donde abundan los eguzki lore o flor del Sol --esos cardos clavados en las puertas como protección ante brujas, malos espíritus, rayos y otras amenazas-- y se dice que antes se juntaban las brujas en sus correrías y aquelarres fuera del mainstream social.

El sábado por la mañana se unen más txirpialeros que vienen a hacer el recorrido de hoy y regresan el mismo día. Ahí están Espe, Carmen, Conchi, Miguel… trayendo la primera la bota osadamente. El plan es recorrer el cañón del río Igoroin entre Musitu y Roitegui o Roitegi. Embocamos una carretera estrecha con vegetación abundante a ambos lados y un miñón (policía foral alavesa) indica que vayamos despacio. Unos metros adelante el todo terreno de este cuerpo policial y otro agente parecen perplejos. No es para menos porque un coche ha quedado volcado de lado encajado entre el pretil de un puente y la laderita exterior de la cuneta. Las puertas del copiloto y la trasera derecha se apoyan en el suelo y las dos ruedas del lado del conductor permanecen inútiles en el aire. Paramos en Maeztu a comprar pan en la tienda y fruta en el puesto al aire libre que ofrece también bacalao, encurtidos y verduras. Mientras unos compran, otros visitan un bar buscando ímpetu para el comienzo de la caminata. Una urna grande de obra contiene al santo policromado de la localidad y sobre ella, en el tejadillo una bola del mundo y la cruz latina imperando encima del orbe.
Eguzki lore y aldaba ancla

La parada se prolonga hasta que Juan Luis agita el látigo en el aire y grita después del chasquido: nos vaaamos! La caravana sobre ruedas sigue al coche del líder guardando los espacios adecuados entre sí dando curva a derecha, curva a izquierda… hasta Musitu donde cargamos las mochilas a la espalda, encajamos los pies en las botas y comenzamos a andar. Una pareja de perros de pelo cobrizo y ojos muy expresivos se acercan y nos acompañan durante todo el recorrido agitando la cola contentos. A veces se adelantan y si comprueban que nos hemos parado para ver tal o cual planta o el antiguo poblado que nos muestra Juan Luis dan media vuelta y se acercan de nuevo buscando caricias y tal vez algún que otro bocado.


A poco de arrancar la ruta, aparece una estatua en una bifurcación del camino homenajeando al caminante o al montañero. Se trata de una figura pequeña hecha con pernos y piezas de metal sobre una plataforma delante de una cruz latina de madera con un cortafríos puntiagudo atravesando el centro donde se unen los travesaños del que parte una pequeña mancha roja como queriendo significar el esfuerzo de excursionistas arriesgados o con mala fortuna que puede llevar incluso a dejar la vida en el camino.
La ruta es muy tranquila, no nos cruzamos con nadie y no se oyen coches, solo el bullicio de los excursionistas. La nueza negra con sus bayas de llamativo color rojo, los quejigos, serbales, avellanos, fresnos, serbales, enebros, olmos de montaña, arces, alisos, mostajos, rosales, hayas, boj, zarzales nos ven pasar por el camino del cañón junto con algún pájaro y cuando salimos a descubierto los buitres girando plácidamente arriba en sus térmicas nos contemplan.

El cielo permanece muy nublado lo que nos alivia del calor. La temperatura es ideal para caminar y como suele ser habitual se forman varios paquetes separados de excursionistas de acuerdo con el ritmo de avance. Los que vamos en cabeza tenemos la suerte de ser testigos de una curiosa ceremonia: se oye el batir característico de la percusión de un txalaparta y cuando cesa un grito de adiós prolongado y potente rompe el aire. En un pequeño claro donde miramos hacia arriba podemos ver como asoma una fila de personas en una zona de borde rocoso del cañón. Alguien dice que están arrojando las cenizas de un difunto y en ese momento todo encaja, parece tratarse del homenaje póstumo a alguien que seguramente quiso reposar donde ya permanecía su corazón.

Un sendero se interna hacia el río Igoroin buscando los restos de un antiguo molino que nos sirve como excusa para reponer fuerzas con un ligero y breve tentempié mientras los perros caracolean alrededor y se bañan en el río en su actividad imparable.

Cerca de allí un muro o por mejor decir los restos de un muro grueso de piedra semiocultos en la penumbra entre la vegetación indican la ubicación de un poblado antiguo con su fuente de aguas claras cuya pila sirve a uno de nuestros amigos perrunos para beber, curiosamente no desde fuera. El can se mete de rondón en la pileta a ras de suelo enturbiando el agua y bebiendo a continuación. Durante un rato todos huimos de él, nadie lo quiere tener cerca para no recibir una ducha cuando se sacuda. A pasito, a pasito ascendemos una pendiente y llegamos a un mirador sobre el barranco del Igoroin desde el que podemos ver el cañón en un corte transversal pleno de vegetación todavía con predominio verde en el recién estrenado otoño astronómico. Esperamos a los rezagados descansando y tentando algunas botas de vino. Adolfo se sienta en una roca-trono y uno de los perros se sienta a su izquierda en el suelo: ambos se miran y se sonríen como un rey y su fiel vasallo en una corriente de mutuo aprecio para a continuación mirar mi cámara y seguir sonriendo disfrutando el momento. Pitos casca unas avellanas para recuperar fuerzas, Kepa acaricia a uno de los perros. Antonio hace gala de su gran caja torácica y anuncia su presencia desde lejos su audible voz. Ya estamos todos otra vez en pelotón y retomamos la marcha hasta el cercano pueblo de Roitegi. Salimos del cañón y a lo lejos asoma apenas Onraita sobre la tierra labrada. Accedemos a la carretera que nos lleva a Roitegi ocupándola de parte a parte sin que un solo coche deshaga el grupo. Pruden descubre en la cuneta unas moras grandes y jugosas y ahí estamos agachados recogiéndolas como los antiguos cazadores-recolectores. Llamadme pesado si queréis pero nunca me cansaré de admirar y celebrar la generosidad de mamá Naturaleza.

El pueblo recibe a los caminantes recogido sobre sí mismo como corresponde a la hora de la comida. Llegamos al frontón cerrado en su lateral derecho por el pórtico de la iglesia en el que sorprendemos a una bandada de ocas blancas que se inquietan al ver cortada su salida por un montón de antropoides bípedos. Juan Luis pide que les abramos paso para que se retiren pero Antonio motu proprio decide hacer ejercicio antes del lunch y comienza a perseguirlas. Por suerte para él no le hacen frente y en formación digna de ballet emprenden la retirada a toda prisa con las alas desplegadas. 
Estela con estrella

La pared larga del frontón presenta en la parte trasera una abertura que remata en arco de medio punto para acceder a un huerto. En esta zona de Álava, en cada pueblo, ves unas huertas perfectamente ordenadas con variedad de verduras, hortalizas y siempre unas flores como concesión al utilitarismo popular. La tierra es buena porque da gloria ver los productos hortícolas.
Al lado de la iglesia, en un cercado un caballo pinto marrón-colorado y blanco de poca alzada se acerca con la curiosidad de su raza a saludar.

Comemos sentados en dos bancos corridos uno en la trasera del frontón y otro en el lateral de la iglesia y movemos un banco de madera con respaldo para comer frente a frente. Los alimentos van rodando y la variedad es considerable, desde el típico embutido hasta el paté de berenjena asada con tahín de Jesús.

En el pueblo no hay un bar donde tomarse un despabilante café así que después de comer recogemos y volvemos sobre nuestros pasos hacia el barranco de Igoroin. El ritmo del paso es más constante y tardamos menos en volver hasta Musitu donde un manzano presenta un peculiar sistema de alarma antirrobo/anti pájaros formado por un par de cencerros colgados de las ramas.
Reunido el rebaño y embutido en los coches nos vamos hacia Maeztu y paramos en el bar de Virgala Menor ¿o tal vez sería Virgala Mayor? En cualquier caso Juan Luis nos lleva a la laguna Olandina entre las dos localidades, ahora sin agua y convertida en una ciénaga poblada por nenúfares blancos sin su flor, solo visible en primavera. A la orilla del barro una menta que parece poleo perfuma nuestros pies. La laguna se encuentra totalmente oculta por árboles de buena talla en una depresión del terreno rodeada de tierras de cultivo. La laguna tiene su leyenda que Juan Luis escenifica a su pie: en los tiempos de érase una vez había aquí un castillo y una joven mendiga llamó a la puerta pidiendo limosna (pom, pom) y solo le dieron con la puerta en las narices. Como no era tal mendiga sino la Virgen (supongo que de ahí los topónimos de las Virgalas) condenó a la fortaleza a ser deglutida por la tierra en un gesto purificador estilo Antiguo Testamento.

Abordamos la laguna por el otro extremo en el que hay un pozo de fango que recibe unas cuantas piedras como saludo devolviendo un curioso sonido sordo de chapoteo y un apestoso olor a materia orgánica en descomposición. JuanLuis bromea con la desaparición de ciertos coches dentro del cenagal y pienso en la magnífica Psicosis de Hitchcok.


Desde las tierras de labor ya cosechadas se divisa a lo lejos a través de un pequeño hueco en una barrera arbolada la torre de una iglesia blanca. El relieve es ondulado con colinas y montes redondeados por la erosión. Como todavía hay luz y tiempo JuanLuis conduce a su rebaño hasta el bonito pueblo de Antoñana que está en fiestas con la juventud luciendo los trajes tradicionales. En la plaza hay un festejo ruidoso y el bar recaudatorio de modo que la población se agrupa en ella y el resto del pueblo con sus murallas y su iglesia se brindan casi vacíos a nuestra mirada de turistas. A la entrada del recinto amurallado una ristra de pimientos rojos alargados cuelga bajo el marco de una ventana para secarse y la villa ha erigido un monumento homenaje a la abeja con piedras calizas y antiguas colmenas hechas con troncos de árbol vaciados alternando dentro de una caseta sin pared delantera. Antoñana es un pueblo amurallado precioso con multitud de pasajes techados entre calles y pequeños rincones encantadores con construcciones de piedra. En el dintel de madera de una puerta un vecino curioso ha clavado mariposas y polillas por ejemplo un ejemplar de esfinge calavera. Un pasaje con escaleras muestra un par de ruedas de carro puestas en la pared. El rincón es tan recogido y agradable que un par de muchachas vestidas con traje típico se retratan en él y saludan educadamente. Un balcón de piedra con tejadillo y una barandilla de madera adornado con flores destaca en lo alto al lado de la iglesia. David me señala un estramonio de jardinería con flores blancas de forma atrompetada junto a la torre de la iglesia. Si no es por él ni me hubiera enterado. Es un lujo caminar con personas que saben de un tema y comparten su conocimiento generosa y modestamente.

Algunos txirpialeros que han venido por la mañana se despiden y nos quedamos sin Espe, Carmen, Conchi, Miguel… Retornamos a los coches para ver si saltamos al albergue, nos duchamos y cenamos, de cena hay anunciada una parrillada y el encargado del albergue y cocinero es argentino así que la cosa promete. Al llegar está en el soportal con una parrilla de dos metros y medio de largo por lo menos mientras en una carretilla se quema madera para formar las brasas. Junto a él un vecino que compartirá con nosotros la cena y el alojamiento presencia la escena. Es la mitad de una pareja de ciclistas que recorrerán alguna de las múltiples rutas para bicicleta de todo terreno que hay por la zona. Antes de empezar a cenar llega Alfonso y Jesús nos muestra en el ordenador sus fotos de flores, iglesias y monumentos que ha tomado en sus recorridos pirenaicos. Tenemos un hambre de lobo y bajamos varias veces a ver si ya está lista la cena. Cuando todo está dispuesto, empezamos a devorar los chorizos, chorizos criollos y morcillas a los que se suman churrascos de vaca y unas fuentes e ensalada variada con escarola, rúcula, etc. Adolfo habla sobre una persona muy callada y defiende la idea de que no todo el mundo se expresa a través del mismo medio y hay personas silenciosas que hablan a través de la escritura, la fotografía… Me quedo sorprendido pensando en ello. De postre unas natillas y a continuación caminito del bar para tomar el digestivo y pasear la cena. Kepa nos pasea otra vez por el pueblo para bajar los espirituosos y de nuevo se vuelve al bar. En él la parleta se generaliza ayudada por pacharanes y orujos pero he de dar el saco de dormir a Alfonso ya que está en el maletero de la furgo así que en un momento dado me retiro hacia el albergue sabiendo que no voy a volver al bar.

En la ventana de un cuarto se recorta la silueta oscura de Antonio contra la luz fluorescente que ilumina la pared interior. Me recuerda viejas películas de los Cárpatos con un noble de figura escalofriante.

Le paso lo suyo a Alfonso y cuando giramos el picaporte para entrar al albergue la puerta no se abre. Como son puertas de seguridad que solo se pueden abrir desde dentro empujando una barra horizontal si están cerradas con llave vuelvo a donde Antonio y voceo pero no hay respuesta así que empiezo a tirar piedrecitas hasta que asoma y le pido que baje a abrir lo que hacen en pareja Juan Luis y Antonio con su expresión burlona. Dejamos un cogedor bloqueando la puerta para que no se cierre y por fin salto sobre la litera y relleno el saco de dormir. Me quedo dormido tan profundamente que no me entero de cuando llegan los más trasnochadores.

A la mañana siguiente me despierto temprano y la débil luz del amanecer más allá de las ventanas deja ver unas cintas de niebla flotando perezosamente a media ladera de los montes. Lejos se oyen los ladridos de una jauría de perros de cazadores. Poco a poco se levantan los durmientes y se baja a desayunar el rico pa amb tumaca, bacon, huevos, cereales…

Vamos hasta Korres donde destaca la puerta de una casa de madera tachonada con un eguzki lore y un buzón de madera labrada con un motivo de hojas de roble y bellotas, una aldaba en forma de ancla y la llave de estas grandes antiguas puesta por fuera. Encima de la puerta una estela de piedra blanca con una cruz de cuatro brazos y una estrella llama la atención por su cuidado y belleza. Más arriba aún, el balcón rebosa de geranios. Al lado un poyo de madera invita a sentarse. El conjunto es magistral.

Entramos en el Centro de Interpretación del Parque Natural de Izki. JuanLuis consulta para hacer una ruta circular y le aconsejan recorrer un tramo de la numerada con el 15 y continuar hacia la presa de Aranbaltza y hasta el pueblo de nuevo. La ruta comienza con un sendero estrechico engalerado de vegetación. En una de las paradas rodeados de arbustos y árboles comienzan a llegar ciclistas ascendiendo la cuesta con esfuerzo y un desarrollo fácil de mover. Hacemos un pasillo y les jaleamos. Ellos responden con buen humor y cada uno que pasa nos informa de cuantos quedan por llegar. Un rato más tarde nos alcanza la pareja mixta de ciclistas del albergue y se paran un ratito a parlar. Vemos arces de tres tipos por lo menos: de Montpelier, campestre y opalus. También hay quejigo y encina, boj, gayuba, serbales, tojo, enebro y algunos Sorbus torminalis.

Peñascos blancos se alzan, visibles solo a través de huecos en la vegetación y un mirador nos asoma a la Muela, peña el Santo y peña el Castillo donde dicen que hay restos antiguos de uno, pero dada la inaccesibilidad aparente de la misma me pregunto si no será una leyenda sin fundamento real. El paisaje no tiene grandes alturas y está muy erosionado. La capa verde de la vegetación cubre el área salvo en los cortados. Caminamos ya de vuelta cuando llegamos a la presa de Aranbaltza y nos alcanza un grupo familiar nutrido y ruidoso. Estamos cerca del pueblo y abandonando el embalse bajamos hasta una zona al lado del río Izki con mesas y una fuente para comer al aire libre. Allí encontramos un buen grupo de niños y padres. Algunos de los primeros están disfrazados de indios y se expresan con el volumen habitual de la infancia. Los mayores llevan unas enormes medallas y el ambiente es de juegos, casi de campamento. Comemos en una mesa y en el suelo alfombrado de hierba moviéndonos con el Sol para permanecer en la sombra de los chopos y después se intenta por parte de algunos ilusos como el que suscribe intimar con el sueño pero los maléficos en vigilia no lo permiten. Y en un momento dado cuando baja la marea de la siesta se empieza a lanzar la idea de llegar a Korres para tomar el cafecito. En el bar, tanto fuera como dentro intercambiamos teléfonos y remoloneamos antes de la partida porque se suele hacer difícil decir adiós. Pero hay que continuar. Los más raudos ya se han ido y los demás quedamos repartiendo besos y sacudidas de manos y recomendaciones para que oye os vengáis y si avisáis mejor, pero si no avisáis y estamos pues bien también.


Si la eternidad fuera uno de estos gratos momentos compartidos detenidos…





Eguzki lore o flor del Sol
 




martes, 9 de agosto de 2011

Nasío pa' filmar la Naturalesa


Aquí teneis un segundo documental de David. En esta ocasión asistimos de su mano a la eclosión de imago (insecto adulto) de una hermosa Papilio machaon. Durante los primeros cuarenta segundos se puede observar como la crisálida se llena de aire.

viernes, 1 de julio de 2011

Mimercofilia por David

Y eso qué es? Pues aquí teneis un video espectacular de nuestro David para enterarse de ello.

No solo tiene el mérito de haber sido rodado bajo un Sol ajusticiador sino que también explica de manera clara y concisa una de esas asociaciones fascinantes del mundo de los insectos. Bravo por el autor!!

Atentos al minuto 4:00 de este documento.

viernes, 24 de junio de 2011

Obarenes, junio 2011


Envueltos por la noche llegamos al albergue de Quintana Martín-Galíndez. En la comarca son aficionados a largos nombres en algunos casos como este. De día el edificio parece una de esas estaciones antiguas construidas con piedra caliza. Pero por aquí no pasa ningún tren, solo líneas de alta tensión. Llegamos cuando todo el mundo está acabando de cenar. Raúl ha salido a recibirnos con la cortesía que se estilaba antaño y nos da las primeras indicaciones. No nos entretenemos mucho y aterrizamos sobre unos macarrones pigmentados de color anaranjado desprendido por trozos de chorizo.Parece que estrenamos el albergue, todavía se huele la pintura y todo es novísimo, sin acusar los signos de desgaste que produce el uso. Pensado para grandes grupos, las habitaciones con literas son enormes --excepto una para cuatro personas-- y los baños tienen espejos a la altura de los niños. Nuestra habitación es amplia y repleta de literas repartidas con sitio suficiente para moverse entre ellas. Armarios de taquillas pegados a la pared se disponen entre las literas de dos pisos. Las ventanas no tienen cortina ni persiana así que cada vez que pasa un coche por la carretera contigua vemos sus intensa luces barrer las paredes correspondientes.
Los txirpis han acudido en mayor número que los arbavas y en seguida destaca Adolfo y su risa estentórea. Es un placer poner los ojos encima a toda esta peña y medio saludarles en el planeo de aproximación hacia la cena. Aún no hemos acabado de deglutir y Raúl desenfunda su pistolón y lo posa encima de la mesa junto a la caja de caudales delante de nosotros una vez que el comedor ha quedado despejado y gentilmente nos aligera con firmeza del peso de los euros que ha adelantado para pagar comida y cama.La cena se acelera para cumplir los horarios del albergue que se oscurece en teoría a las 12. Un grupito se queda viendo la tele en un salón de la planta baja, pero poco tiempo después comienzan las bromas resignadas sobre ronquidos. Y aunque los virtuosos han sido gratificados con una habitación para ellos solos pronto se comprueba que nos hemos reservado la compañía de algunos maestros de conservatorio de forma que el roncón de la gaita nos acompaña todo la noche. Afortunadamente, nuestro rincón queda alejado de los roncadores. El Padre nos bendice con su torrente de verbo florido para antes de dormir y creo que algún roncador cae fulminado como por un rayo ante semejante poderío verbal. Las luces se apagan pero el padre enciende un candil y continúa en la labor de preparar su siguiente sermón.
Las fuertes luces de Sol nos despiertan bien temprano, mucho antes de la hora del desayuno y los impacientes comienzan a levantarse y susurrar entre ellos en un primer momento para una vez fortalecidas las cuerdas vocales y la confianza basada en su número, elevar el volumen del runrún hasta hacer desear haber venido con un grupo de mudos a los que permanecemos en horizontal. Y a continuación, el tráfico hacia el baño y las duchas pasa a tener nivel amarillo con momentos puntuales de nivel negroEl desayuno es un guirigay potenciado por la mala acústica del comedor. No es que se pueda pedir a un comedor la de una sala de conciertos, pero algo en la disposición de paredes y techos produce una intensificación del sonido con picos cada vez que Adolfo lanza su risa potente. Es como si el sonido formara olas que cayeran encima de sí mismas y se reforzara.
Por fin nos ponemos en marcha coche tras coche en busca de la cruz del Pico Humión. En el camino encontramos belladona, heléboro y disfrutamos de las explicaciones botánicas de Pruden y entomológicas de Óscar, cada uno dominando en su campo. Ambos desarrollan su discurso sin sobresaltos, con la solvencia, seguridad y calma que da el conocimiento profundo de una materia y lo mejor, sin importarles repetir algo a los pesados que zascandileábamos alejados y no nos hemos enterado.
A lo lejos vibran en el aire los tonos graves de una música parte de una celebración campestre en la que entre canciones tan sugestivas como el tractor amarillo se reparten bollos preñaos, vino y chapas, bolígrafos y pulseritas a favor de la cercana central nuclear de Sta. María de Garoña ubicada en un meandro del Ebro. Aquí el grupo se divide y mientras unos suben a velocidad superlumínica, otros ascienden remoloneando y algunos más se quedan temporalmente en la fiesta papeando y bebiendo. Los walkie talkies no logran disipar las nieblas de la anarquía grupal, el mío está estropeado y no emite voz, pero al final casi todos nos encontramos en la cima del pico Humión salvo los que desde el lugar de la fiesta regresan al punto de partida, el pueblo de Santa Mª de la Cubilla donde se han aparcado los coches. Comemos en la cima los que comemos en la cima. Ahora Sol, ahora nubes delante del Sol y viento frío, recorremos varias estaciones en el rato que dura la comida. Las vistas son excepcionales con el Ebro haciendo cinta y eses allá abajo entre parches de terreno pajizo limitados por setos verdes de matorrales o árboles; en la otra vertiente se divisa el hayedo que hemos cruzado para subir y los huesos de roca de la montaña burgalesa vestidos en gran parte por la vegetación.
El descenso después de oler las pequeñas y fragantes rosas rojas de montaña refugiadas en los huecos de las rocas va a tirones como es habitual en los paseos botánicos ya que cada vez que se encuentra algo interesante, Pruden forma corrillo de excursionistas díscolos a su alrededor. Poco a poco descendemos y en la ladera encontramos frutos de Fritillaria y un único ramillete de flores blancas de Talictrum que flotan sobre un matorral verde achaparrado como si fueran una nube zen decorando el cielo azul del verano que está a punto de llegar. Andando y andando aparecen matas de arce de Montpellier.
Cruzamos un portalón con un curioso y enorme cerrojo realizado con un trozo de tubería y unas soldaduras. Sin que aparezca el Fraxinus ornus o fresno de olor citado en esta zona dentro de una avellaneda embocamos el camino que lleva al pueblo donde los lugareños están en la calle y los que han llegado primero azotados por el látigo de su impaciencia y sus nervios charlan sentados
en bancos al lado del bar. Esos mismos impacientes, una vez descansados, son los que se suben antes a los coches y arrancan hacia la señorial villa de Frías, con castillo en alto y puente con puerta de piedra a su mitad quizá para franquear el paso únicamente al pagador del portazgo. Frías y sus piedras están preparadas para el turismo con aparcamientos y bares. También la huerta hace su aportación a la economía del lugar a juzgar por los invernaderos que reposan en el extrarradio extrañando a los ojos que los ven por primera vez contrastando con el aire medieval de la ciudad. La visita pausada es tardía y por ello no nos permite entrar al castillo pero sí disfrutamos del aroma de los tilos que perfuma el aire junto a él y de las vistas que ofrece esta atalaya.
En un momento dado aparecemos en una ermita cerca de Frías, situada en un desfiladero en los alrededores de Tobera, casi unida a la pared de piedra que protege sus espaldas. Un puente de piedra con joroba delante de ella está siendo restaurado. De aquí arranca un sendero-galería envuelto en vegetación y rodeado de quejigos que ascendemos hasta llegar a la misma pared de toba superando un abrigo de roca donde en caso de tormenta tal vez se refugiaran nuestros antepasados. La ermita no es espectacular y unos cerezos repletos de frutos junto a la carretera se convierten en las estrellas del momento. Las cerezas están buenísimas, muy sabrosas, aunque el acceso a ellas es difícil porque los árboles crecen en la ladera pindia del arroyo que cruza el puente jorobado y quedan muy altas en su mayor parte. Además el suelo está completamente cubierto de vegetación de manera que no sabes donde pones los pies. No obstante, los visitantes que pululan por la zona nos han visto recolectar y rápidamente imitan el proceder en lo posible.
La tarde entrega muy lentamente el testigo a su hermana más morena y dado que hay que llegar a cenar a hora temprana iniciamos el regreso hacia el albergue y llegamos con tiempo para la ducha de algunos, el zumbido y el remoloneo general y la puesta en horizontal de unos pocos.
La cena es frugal para compensar el desgaste del día: una ensaladita y unos sanjacobos que de santos tienen poco y de queso menos. Y de postre una manzana golpea en la boca del estómago destruyendo la ilusión de algo contundente que acabe con el hambre. Pero también hay cerezas del pueblo de la jefa del alojamiento, algo es algo.Luego el personal se ducha o espera a los que se duchan en segunda sesión para bajar hasta el pueblo y hacer gasto en algún bar. Por mí parte, cansado y engorrinado, perfumo el baño con esencias propias mientras leo un suplemento que me facilita gentilmente Conchi. En ese momento entra Paz y me canta aquello de son tus perjúmenes, buen hombre, los que me sulibeyan. Después me ducho con tranquilidad e intento reposar en la litera a sabiendas de que en un momento dado va a llegar la peña y desvelarme. Dori, encogida como una oruguita ya duerme cuando asomo por la ventana y recibo el golpe deslumbrante y traidor de las largas de un auto que circula por la carretera.
Un rato después Espe y la Pequeña Ana que han estado jugando en el exterior del albergue a la peonza y se han quedado dormidas viendo programas de la televisión-nana en el salón suben las escaleras y se incorporan a sus literas. A Ana le corresponde la de arriba y esta noche cuento menos vueltas que la noche de ayer. Está rendida de la jornada pero tanto ella como su hermana Inés no han pronunciado una sola queja de cansancio a lo largo del día.
Por fin, como previsto, las mesnadas txirpi-arberas regresan con fragor al principio, descendiendo después, siendo sustituido con brevedad increíble por los ronquidos de otra noche de sonidos compartidos. Se nota el sábado y que este pueblo es grandecito y atrae a los amantes de la vida nocturna embutidos en un número mayor de coches que la noche del viernes.
La alborada penetra por las ventanas cuando se oyen rumores de alguien que desea ser silencioso para no despertar a los durmientes: Óscar sale a “cazar” fotos de flores en el ultravioleta.
Las luces del Sol se cuelan de nuevo por las ventanas y a pesar de tener por un lado una toalla y por el otro el edredón granate de la pequeña Ana cubriendo casi todo el hueco entre la litera inferior y la de arriba el brillo del Sol se cuela hasta los ojos y hace imposible seguir durmiendo. En el turno de baño coincido con Conchi que me toma el pelo porque desconozco que hay pintalabios como el suyo aplicables con un pequeño pincel del que hace uso frente al espejo. La variedad de los afeites no es infinita, pero casi. Un globo aerostático se acerca a la Luna dentro del marco de la ventana.
Ayer hacía fresquito e incluso frío a la sombra o con el Sol tras las nubes, hoy la atmósfera está completamente en calma, no hay un soplo de viento y el cielo despejado hace prever que el calor apretará y vamos a sudar más que Bud Spencer en el Sahara. Así que el grupo saca los frascos de crema solar y empieza a aplicarla. Pitos me embadurna gentilmente con el potingue solar por suerte para mí ya que no quiero quemarme la cara como ayer. La jefa del albergue hace una foto de la pandilla en el exterior como grupo inaugural de las instalaciones; colgaremos dentro de un marco, quizá?
En un salto los coches, la panadería del pueblo y la carretera que conduce a Montejo de San Miguel reciben la impronta grupal. Aquí se aparca donde es posible, el pueblo es pequeño y pacíficamente lo invadimos bastante. La iglesia está abierta pero nosotros caminamos hacia nuestro propio santuario siguiendo un itinerario botánico salpicado aquí y allá con cartelitos que nombran a pie de especie a esos convecinos con raíces.El sendero acompaña en el primer tramo al Ebro y nos ofrece delicias como una orquídea Epipactis a la sombra o una Blackstonia perfoliata sonriendo con sus pétalos amarillos y sus hojas siamesas. También hay una madreselva de nombre Lonicera xylosteum con frutillos y hojas pareadas, cornejo (Cornus sanguinea), rubia, Vincetoxicum nigrum, Viburnum lantana y Viburnum tinus, dos especies de durillo, hierba betunera (Bituminaria bituminosa), Dorycnium hirsutum, vulneraria, spirea y más que dejo para otro día tal vez. Luego se gira a derecha y asciende hacia el cerro de San Miguel mientras abundan las orquídeas Anacamptys piramidalis. Despojados de la agradable sombra vegetal de la orilla del río reposamos con frecuencia empujados a ello por el calor y la pendiente que culmina en una ermita junto a la que Óscar literalmente tirado en el suelo retrata las vainas todavía verdes de una planta de Espantalobos.Para cuando llegamos a la ermita el grupo de los adelantados que han partido en la pole position ya han acabado el recorrido circular y llegado de vuelta a Montejo de S. M.
La buena de Ana nos da indicaciones a través del walki talki para que vayamos por el camino correcto y si queremos ver las carboneras bajar por el camino así indicado y luego dar media vuelta para volver al pueblo tomando el otro camino.Mario y yo tomamos la delantera en el descenso y llegados a una bifurcación donde Juan Luis ha dejado un palo cruzado en el suelo con una nota debajo escrita en un papel indicando el camino correcto, picados por la curiosidad, los dos seguimos el camino que no es y la falta de “ortodoxia” es recompensada con un mirador sobre roquedos, barrancos y la vista de un par de aves que Mario identifica como alimoches remontando lentamente el vuelo. En ambos, debido a su cercanía, se distingue claramente el color amarillo de su cara y parte del pico.El camino es cuesta abajo, amplio, de doble rodera y en poco tiempo los dos alcanzamos el pueblo donde a pesar de llegar los últimos recibimos como premio la contemplación de una Vanessa atalanta libando las flores blancas de un seto de aligustre. Entramos en la plaza detrás de la iglesia donde el personal se ha sentado en unas mesas bajo un techo de vigas de madera sin paredes que descansa sobre columnas de escasa altura apoyadas en un murete de piedra. Es una zona de esparcimiento junto al bar donde se está más fresco que en cualquier casa. Adyacente a ella se extiende una pista segada con una gran plancha de hierro que ocupa buena parte del suelo rodeada de un murete de piedra. Alguien dice que sirve para jugar a los bolos tradicionales. Un moral añade sombra al conjunto con sus corazones aserrados verdes y sus frutos sin madurar.Un avispado explorador ha ojeado los alrededores y descubierto un bar con terraza sobre césped sombreado con plátanos de paseo al lado del río ¿qué río? Pues no sé, pongamos que el Ebro. Aquí nos tomamos helados y cafeses o la bebida que sea con mucho hielo o muy fría. De hecho, dejamos al bar al borde del agotamiento de sus existencias de hielos lo que con el calor reinante me convence de forma irrefutable de que el fin del mundo está cerca. Agoreros y pájaros de mal agüero, déjense de tonterías de 2012 y calendarios mayas. Un día de junio de 2011, con un calor canicular sin hielos en un bar, eso sí que es el fin del mundo.
Ese calor nos descalza para sentir el placer de apoyar la planta del pie sobre la hierba fresca. Me tiendo sobre el césped y Paz de motu proprio me masajea el cuero cabelludo con presiones diferentes resultando en una relajación que por poco me deja dormido. Al levantarme, Dori me ve poco atento y se sube a caballito. La despedida nos separa no sin que le estampe besos extra a Kepa que me mira entre receloso y ligeramente alarmado. No te preocupes Kepa, sigo siendo el mismo que el año pasado puso a enfrescar la bota nueva de vino de Espe en un arroyuelo cuando paramos a comer en la salida a las hoces del Ebro. Aunque los Txirpis se van pa’ Bilbo y la distancia pronto nos separa seguimos unidos en el deseo de frescura y ellos pararán en la piscina fluvial de Pedrosa de Tobalina y nosotros haremos lo propio en Tobera donde admiramos las cascadas que forman toba o bajo un puente gozan de una cortina de hiedra formando un rincón bellísimo. Aguas abajo, aún dentro del pueblo, unas piedras intermitentes permiten cruzar el curso de agua y sentarse a remojar los pies.

Lejísimos, a más de 20 millones de años luz, en la
galaxia Messier 51 la supernova SN 2011dh, una estrella que ha estallado, aumenta de brillo sin que seamos conscientes de ello. El universo es muy grande, pero las salidas de Arba y los Txirpiales también, eh?



Agradecimiento a Óscar Aguado por sus magníficas fotografías

Indice de fotografías:

· Campos de Frias al atardecer
· Melanargia lachesis libando en Scabiosa
· Lysandra bellagus libando en Lotus sp.
· Campanula hispanica polinizada por Andrena sp.
· Catananche coerulea, flor y capullo
· Lathyrus odoratus
· Txirpis y arbaveros en el monte Humión
· Reposando en Sta. Mª de Cubilla
· Echium vulgare con Maculinea arion macho libando el néctar
· Marys Poppins en el Humión
· Catananche coerulea en el visible
· La misma flor en el ultravioleta, tal como la vería una abeja
· Catananche coerulea y díptero polinizador
· Ceramius sp. libando
· Halictus sp. polinizando Erodium gaucoides
· Semillas de Lunaria sp.
· Lino blanco
· Arberos en monte Humión
· Una cascada de Tobera