ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN

DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID

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MARTES de 18 a 21 h. en el vivero:

Facultad de Medicina, entrada por c/ Real de Burgos s/n

frente a la residencia Alfonso VIII.

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lunes, 14 de diciembre de 2009

La crónica de Pedro


El día amaneció frío y en el vivero aparecieron poco a poco José Luis a pesar de haber sufrido una mala noche que luego le pasaría factura, Alfonso con cara de no haber dormido suficiente y siguieron goteando Esteban, Pruden y David. Estos arberos se merecen un aplauso por su esfuerzo y no otros lugareños que prefieren quedarse entre cuatro paredes en vez de pencar con las plantas en su propio pueblo.

Llegamos a Cogeces del Monte y el viento sopla con mucha intensidad para variar. Éste no se pierde ninguna plantación. Allí nos recibieron Gustavo, el contacto local y dos lugareñas más. Poco a poco se acercaron vecinos del pueblo y Ricardo y su costilla. Total, una docena de personas emprendemos el camino hacia la ladera de orientación sur donde en marzo pasado se hincaron encinas, jazmines silvestres y socarrillos autóctonos. La supervivencia de los árboles era escasa, una docena larga de encinas. Las matas han tenido mejor fortuna. Una primavera y verano secos y muy cálidos, la falta de cuidados y riegos sumado a la dureza y poca calidad del terreno, una ladera de margas muy caliza, se han confabulado para llegar a este escaso resultado.

El viento sopla, insisto porque ¡como sopla! con su componente Norte formando gotitas en las estalacmitas de la concurrencia. Con este frío se entiende un poco la raquítica afluencia de lugareños.
Los cogezanos que nos acompañan, no obstante, son tenaces en su afán de plantar pero el tiempo se dilata y parece que nunca vamos a acabar de situar a los rosales, jaras, quejigos y encinas. Estas últimas sobre todo reponen las marras, aprovechando los protectores que todavía se mantienen verticales. No todo va a ser plantar, también hemos traído dos cubitos con bellota de quejigo que se reparten por la ladera.

Gustavo se marcha antes que nosotros para ir preparando un almuerzo que fortalezca a los currantes. Va enfadado por la delgada presencia de sus paisanos.
Se dan los últimos toques y me llama la atención el sistema que emplea Pruden de recubrir el plantón con piedras pequeñas de alrededor para retener la humedad. Me trae a la mente imágenes de un desierto y lo procuro imitar con su ayuda en un rosal mal plantado.

Cansados y hambrientos, regresamos al pueblo y nos encontramos en la plaza de la iglesia con una mujer de más de 90 años que se mantiene en un excelente estado de salud después de haber tenido doce hijos y la generosidad y el vigor de haber plantado todos los árboles alrededor de la plaza entre los que destacan un árbol del amor y un laurel por su magnífico porte y estado.
La mujer camina apoyada en un bastón, pero muy derecha y firme, hacia la iglesia donde se celebra misa en este día de Santa Lucía. Nosotros, tras cariños hacia ella por parte de Ricardo y otras cogezanas, sin duda pensando admirados en esta corajuda mujer, entramos al centro cultural donde las mujeres del pueblo celebrarán el día de la Ama de Casa con unas enormes paellas.

Subimos escaleras arriba y encontramos mesas dispuestas con embutido y un surtido de tortillas de patata caseras y del supermercado. El Sol de diciembre entra a ratos por las ventanas y se agradece su calor. Las mandíbulas se abren y cierran, ora masticando, ora en la charla y las tortillas desaparecen (salvo una de las precocinadas, comida casera gana) y hacen desaparecer a su vez el hambre o lo engañan según el umbral de saciedad de cada cual.

Tímidamente nos levantamos y superado el momento de indecisión de casi todas las despedidas regresamos a los coches despacio. A la salida un conocido saluda a Ricardo y nos invita a ver su gran Belén con casitas construidas artesanalmente y las figuras adquiridas. No le falta detalle y la cantidad de figuritas lleva a pensar en un ejército. Por no faltar, el cielo es una tela de estrellas sobre fondo azul oscuro con una Luna en creciente.

Sorprende el vigor de esta tradición que puede parecer propia de niños y la ilusión que mueve a los adultos a montarlo año tras año. El lugar es muy propicio para instalarlo, pues hay que traspasar un arco de piedra y entrar en un patio. En el arco hay signos de la brutalidad del antiguo dueño según nos cuenta el actual. Cansado de que la gente se detuviera a contemplar el escudo cincelado sobre la clave del arco y la inscripción encima de ella, no tuvo mejor ocurrencia que emprenderla a martillazos con ambos hasta desfigurar aquel y borrar ésta. Cosas veredes Sancho...