ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN

DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID

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jueves, 8 de julio de 2010

Una crónica. Hoces Rudrón y Ebro

Resulta en ocasiones fascinante el misterio que nos envuelve y solo a veces sale a la superficie como la lava de los volcanes. Qué motivos nos empujan, qué impulsos anidan en un pasillo recóndito del enorme edificio de nuestra alma, qué mueve a una persona a entregarse a los demás explicando y comunicando su amor por el reino de las plantas. Me intriga en estos tiempos de tanto egoísmo y fatigosos ombligos humanos. Y es una alegría por tanto ver como el grupo se reúne en torno al "chico de las hierbas". Vamos, reúnanse dondequiera que estén cantaba Dylan en el primer verso de su invaluable y esperanzadora The times they are a-changing hace una pila de años. Efectivamente, esa espiral humana rodeando a las plantas representadas en la voz de un experto conocedor es una esperanza para el futuro pues ¿no es esa una misión de la educación en cualquiera de sus múltiples manifestaciones?

Un fin de semana no da para tanto, no soy capaz de valorar y percibir a tiempo real todas las exquisiteces que se ofrecen. Un fin de semana prolongado, además. Comienza el viernes 25 de junio por la tarde en Villaescusa de Ebro donde aparecemos a la espera de más excursionistas para acercarnos a El Tobazo, una caprichosa escultura natural formada a pachas entre el agua que cae en cascadas y el calcio que lleva disuelta. De lejos su forma indefinible, verde y orgánica sorprende y te transporta a una selva esmeralda como si fuera un parche que algún dios poderoso ha extraído de la Amazonia dejándola caer en la provincia de Burgos.
Algún fósil de perezoso caracol anida en la mano de Mario orgulloso de su hallazgo y el grupo se retira en busca de la cena sobrepasado ya el tiempo concedido por el plan previo de la salida.


La ruta hasta Polientes transcurre sin novedad y en este pueblo cántabro encontramos al resto de la peña ocupados en esperarnos para empezar a cenar. Y la cena gestionada y reservada por Rául es de las de confianza, con la jefa del restaurante preguntando si queremos repetir o si nos hemos quedado con hambre. Por estos pagos no se andan con bromas a la hora de comer. Raúl arrea al grupo para subir al observatorio de Rocamundo donde se permite pegar el ojo al ocular para contemplar las maravillas del universo que tantas veces nos hurta el exceso de luz urbano. Allí somos demasiados y llegamos demasiado tarde así que algunos nos perdemos la oportunidad de asomarnos al Sistema Solar desde los 1070 metros de altura del observatorio.

Las nubes y la Luna casi llena se confabulan para escoger a aquellos elegidos que podrán gozar de los paisajes lunares o los anillos de nuestro vecino Saturno. Un meritorio miembro de la Asociación astronómica cántabra maneja el telescopio y enseña a los asistentes lo que el tiempo atmosférico permite. Desde esa misma Asociación se ha insistido en los foros necesarios realizando campañas de sensibilización pública hacia el problema que supone la contaminación luminosa no solo para los amigos de contemplar la noche sino como derroche energético y económico así como sus negativas influencias en determinada fauna. El resultado ha sido una ley de contaminación luminosa de ámbito regional. Ya se han empezado a sustituir luminarias en la propia Santander. Esto nos da una idea de la valía de estos aficionados a la Astronomía, la más noble de las ciencias.

Mientras la caravana de coches sube las rampas que conducen al observatorio un incidente nos paraliza en el tramo de mayor pendiente. Un par de coches se niegan a responder a sus nerviosos conductores. Alegan que no son montañeros y no han recibido entrenamiento para ascender. Pero uno de ellos a fuerza de insistir acaba subiendo y el otro también lo hará tras prometerle su dueña una plaza de garaje más amplia y un lavado con cera de los caros. No hay nada como las carantoñas para persuadir.

En el observatorio una sala de actos pasa vídeos astronómicos y sobre la construcción y características del observatorio. En ella nos amoldamos a las sillas y hacemos tiempo durante un buen rato esperando que salga el primer grupo.
En el exterior nos llama la atención la presencia de unos mástiles que incorporan altavoces, cámaras y un sistema de detección por infrarrojos como medidas de seguridad contra intrusos. Posteriormente me informan de que si se detecta una presencia no deseada se da un aviso por altavoz y si no es atendido se llama la Guardia Civil. Algo más lejos aparecen los fustes inmensos de aerogeneradores que emiten un profundo siseo al rasgar el aire y estropean las posibilidades de fotografiar determinadas zonas del cielo con sus excesivas luces estroboscópicas intermitentes. No hay forma de que le dejen en paz a uno, así seas un pacífico astrónomo que solo quiere un pedacito de cielo oscuro para observar.
Volvemos a los coches y dando un buen rodeo por varios pueblos camino al alojamiento que se ha concretado en la Residencia universitaria de Sedano pasamos por Orbaneja del Castillo, el pueblo demediado por un curso de agua. Como nuestro coche es el último, no tenemos prisa y paramos en el puente un momento a contemplar la caída de agua a esta hora tardía en la que escondidos en el manto de la noche, niños pequeños, somos los únicos testigos.
En Sedano la residencia riega el césped como un nuevo rico durante toda la noche. Pausa a pausa repartimos habitaciones y rellenamos el espacio entre sábanas y mantas.



El nuevo día amanece como la noche pasada con el aspersor recorriendo su arco una y otra vez. Un grupito de conductores pisamos suelo y pedal para dejar los coches necesarios en un extremo de la ruta lineal y devolver a los excursionistas cansados a la residencia. Después volvemos todos en dos coches al punto de inicio.

El camino se interna en un bosque que presenta entre otros a olmos de montaña y unos solitarios capullos de flor de lis acompañados de la belladona. En cuclillas chinas, Ana toma nota de las explicaciones de Pruden en su libreta que completa con dibujos de las plantas. Se establece una alianza hermosa y tácita entrellos manifiesta más tarde cuando ella sopla por su chiflo mundialero para hacer callar a la pequeña multitud que no atiende al maestro. Me admira lo claras que tienen las cosas los niños. Todo está ordenado en su mundo. Luego crecemos y distraídos por nuestra charla no escuchamos al guía.
Pasamos por una mina de cobre abandonada contemplando los asombrosos colores que producen las vetas lavadas por la lluvia y comienza una abundante sucesión de orquídeas comunes y no tan comunes. Así, nos “hartaremos” de ver la cónica Anacamptis pyramidalis pero serán muy esquivas la Gymnadenia odoratissima que ofrece su perfume al acercar la nariz y la Ophrys insectifera.


Antes de comer Pruden nos lleva hasta una zona pantanosa de turbera y allí expone la peculiaridad del terreno poco nitrogenado y ácido. Es aquí donde nos muestra la carnívora Drosera rotundifolia, grandes extensiones de verticales Equisetum que abrigan algunos ejemplares de serapias y el tesoro de colores suaves de la Epipactis palustris imposible de apreciar a pleno Sol con sus flores empezando a abrirse.



La zona es un tesoro que no durará puesto –añade Pruden-- que unos arroyitos se llevan el agua cuesta abajo y drenan el terreno. Una lástima ya que es magnífica.
La gran mayoría del grupo se marcha siguiendo la llamada del estómago mientras una vez más se me hace corta la estancia en el reino de las orquídeas incrédulo ante la prioridad común.


El camino sigue y se detiene bajo de la sombra de un haya al lado de un arroyo fresco donde el sueño y la tontuna multiplicadas por el cansancio acumulado dan como resultado que meta en sus aguas no solo una botella de agua sino también una bota de cuero de Espe. Algo más tarde, atolondrado todavía, le paso a Kepa otra bota sin cerrar y decoro así de color Burdeos su camiseta. A ambos mis disculpas que en el momento no se si os he dado avergonzado por la propia estupidez.

Adolfo ofrece cecina cortada en finas lonjas y cuando todos hemos terminado de comer e incluso de sestear reanudamos la ruta bordeando y cruzando el arroyo amparados por la fresca sombra de la vegetación que nos agradece la visita dejando ver dos especies diferentes de tilo y una planta parásita que no fotosintetiza y por tanto no verdea con la clorofila nutriéndose de raíces podridas y otros manjares.
Los nerviosos del grupo que no se tranquilizan ni siquiera con la benéfica influencia del campo que nos envuelve sólo quieren avanzar a la vez que los más tranquilos pochados con la botánica nos arrastramos a paso de oruga incapaces de ir más rápido. Cómo es posible no atender a todos estos golosos bocados vegetales más aun acompañados de todo un botánico que lanza generosamente explicaciones con la misma soltura de un croupier de casino repartiendo cartas. En fin, cosas veredes Sancho…


Ascendemos por el camino y como nos había advertido Pruden el mundo botánico cambia igual que muda la humedad e insolación. Ahora nos rodean Quercus y aparece muy frescas, sin abrir totalmente en los terraplenes del camino las Cephalanthera rubra, orquídeas que indican la presencia actual o pasada de quejigares a los que va asociada.
Aparecen también algunos ejemplares de sabina mora (Juniperus phoenicia) de los que mañana nos daremos un atracón. Traspasamos una barrera que bloquea el camino y en un ratito llegamos a la carretera asfaltada.

El camino es cuesta abajo hasta Pesquera de Ebro pero las cunetas todavía nos reservan sorpresas en forma de orquídeas. La tormenta retumba y se cierne sobre nosotros asomando por encima de las rocas que nos ven pasar desde su ventajosa altura de atalaya pétrea. La lluvia comienza a caer sobre los rezagados refrescando los cuerpos y el ambiente de forma engañosa. No pasan diez minutos antes de que nos quitemos los chubasqueros abrumados por el calor. Desde un camino lateral surge un joven con un par de perros de raza Pastor de los Pirineos, animales lanudos de un agradable color canela que jadean acalorados. La lluvia cesa y cae de nuevo sin brío lo que nos da la oportunidad de ver a lo lejos como se forman los arcos iris primario y secundario sobre un paisaje verde flanqueado por altas paredes de roca.

Finalmente llegamos a Pesquera y conociendo el percal, buscamos en los bares al resto de excursionistas. Entramos y los encontramos en la terraza interior dentro del amplio patio del establecimiento a resguardo de la tormenta que, ahora sí, cae con fuerza. El reposo y la charla dan paso al regreso a la Residencia de Sedano o bien a por los cuatro coches dejados en el comienzo de la ruta, cerca del deshabitado Huidobro. Voy con este segundo grupito y por las estrechas carreteras y los campos cultivados vemos a varios corzos saltarines. Entre los cuatro conductores acordamos acercarnos y hacer un alto en el dolmen de El Moreco para observar su corredor y cámara funeraria hoy día descubierta y aprovechada por pájaros para hacer un nido según descubre Javi.

La noche del sábado es muy pacífica y serena en esta zona donde no encontramos a ninguna persona. Volvemos a la residencia a tiempo apenas de sentarnos para cenar. Más tarde, después del postre Raúl demuestra sus habilidades de mago con una baraja ¡No os juguéis cuartos con él!
Cansado del largo día me retiro al cuarto aprovechando para descansar y ducharme mientras se oyen los cánticos de abajo rebotando por los corredores del edificio. En la cintura descubro una garrapata con la cabeza hincada. La embadurno de gel y espero al final de la ducha para retirarla con unas pinzas metálicas. No parece querer salir de su recién hallada casa-despensa, pero insisto y la destierro de mis carnes. Fueraaaa de míiii (por seguir con las canciones).



El nuevo día trae una sorpresa sobre todo para Jesús. Una de las ruedas de su coche se ha desinflado y se forma una asamblea doble para organizar su transporte hasta una gasolinera donde la pongan en forma e intentar por otro lado reparar un foco delantero del coche del padre Antonio que apenas luce mientras el otro no deslumbra en la noche sino que hiere la vista como espada flamígera de venganza divina si por desgracia está a tu espalda en la carretera.

Nos movemos hasta Turzo, pueblo que alberga una próspera industria de velas de olor con una tienda que recibe a los excursionistas del domingo con los brazos y la caja registradora abierta. La ruta de hoy parte y regresa a este pueblo. La zona que recorremos es bastante más seca comparada con la de ayer y contiene árboles poco exigentes en humedad como la sabina mora o la encina, sin dejar de ofrecer orquídeas como la pajiza Orchis coriophora o la Limodorum abortivum ya bastante pasada. Los paisajes no dejan de ser impresionantes cuando asomamos la vista a los cañones distantes. Paramos a comer al lado de una fuente-abrevadero de aguas frías y pobladas de verdín.

El vino joven y afrutado de David causa sensación entre la concurrencia y poco falta para que le saquen a hombros por la puerta grande. Adolfo advierte que no se quedará sin probar el vino, pardiez! En el momento del postre Ana, que ha disfrutado salpicando a diestro y siniestro encuentra una garrapata prendida en una de sus piernas, pero valiente como es no muestra nervios ni musita una sola queja cuando Pruden se acerca con su calma presencia y tranquilizadoras palabras y la extrae con unas pinzas después de aplicar no se qué unte al bichito.
Todo el mundo se revisa las zonas de piel expuestas con más o menos aprensión. Confieso que el primero destos bichitos que me encontré insertado en la piel no me gustó nada y fue odioso el proceso de quitarla, pero ahora lo afronto con toda normalidad. Como bien dice Pruden se cuenta mucha película de terror sobre las garrapatas y has de tener mala suerte para que te contagien una enfermedad en estas latitudes, lo que supone dicho sea de paso, el verdadero problema.
Cerca de este “restaurante” en plena Naturaleza un camino baja hasta una especie de collado donde aparecen Stipas, algunas con plumas ondeando en el aire.


La vista de los alrededores es magnífica, abierta 360º y presenta siempre en la lejanía paredes de roca por aquí, la ladera de un monte con sabinas por allá… Un lugar estupendo para sentirse flotar en libertad como un hijo del viento.
De regreso a Turzo cada cual vuelve a su casa o donde le dejen. El resto del día se dedica a la relajación en el bar junto a la gasolinera que ya ha reparado la rueda de Jesús.


Unos vuelven a Valladolid, pero otros estiramos el día y nos acercamos hasta Orbaneja del Castillo, en esta ocasión a plena luz. La visita merece la pena. Creo que llegamos cuando los domingueros están de vuelta a casita y no encontramos a mucha gente. Las paredes del cañón se muestran impresionantes, dominando el paisaje cuando ascendemos a la parte alta del pueblo y asistimos maravillados al espectáculo de un meandro muy cerrado del río. Destaca una roca que toma en su interior hueco la forma del continente africano.

El agua filtrada por la toba es cristalina y adquiere color esmeralda pálido en las piscinas de toba a ambos lados del puente, debajo de la cascada del lado del pueblo y aguas arriba. Dan ganas de retroceder en el tiempo y bañarse en ellas cuando por aquí no había población. El río surge en el interior del pueblo junto a una pared donde se puede visitar una cueva. En un punto se aprecia como el agua sube a borbotones al lecho del río. El pueblo tiene que estar agujereado en su subsuelo por cavidades excavadas del agua en este entorno calcáreo y me pregunto si habrá galerías como en Ojo Guareña todavía por descubrir. Antes de despedirnos definitivamente, una nueva sesión de terraza de bar junto al río en el que sumerjo los pies y más tarde lo hará Loren unos valientes somos porque el agua está tan fría que dejas de sentirlos en cosa de medio minuto.

Las tormentas vuelven y nos acompañan intensamente en el camino de regreso por Polientes tras haber vivido la aventura de comprar quesos en Ruerrero. Estos relatos son botellas con mensaje lanzadas a no sé bien que océanos. Hay botellas con reservas, de rosados jóvenes y afrutados (¿Verdad, David?) y otras variedades. Así pues, permitidme dejar envejecer esta última historia de los quesucos en la magra bodega de mi memoria para contarla en persona en la confianza de que mejore con el tiempo. O bien preguntad a David o a Paz también intrépidos aventureros en busca de ese fruto de las ovejas.

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