ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN

DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID

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MARTES de 18 a 21 h. en el vivero:

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frente a la residencia Alfonso VIII.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

¡En Palazuelo de Vedija, por fin!

La planta de la parcela de Inea. Hay que sacarla toda y aprovechar la plantación de mañana sábado para usarla. La parcela está tan alborotada de hierbas altas espontáneas que cuesta distinguir las estaquillas de Salix y Populus que han prosperado. La vecina del huertito de al lado, una mujer mayor y de gruesa fortaleza física me ve llegar con la alegría de quien piensa tener alguien para conversar y no me apetece mucho, la verdad, pero hay que ceder a la cortesía por lo menos ya que vivimos en sociedad. Y así, a pesar de lo taciturno que intento permanecer me cuenta de su vida e incluso alegre de tener un escuchante, me ofrece repollos o escarolas y lechugas de hoja rizada. Parte de su vida y opiniones sobre la alegría que es tener un huerto desfilan por mis oídos. También asegura que está contenta de ver a alguien de ARBA VA por aca y que hace mucho que no iba nadie aunque un hombre que había venido la última vez era muy amable o muy majo --ya no me acuerdo del adjetivo exacto, dichosa memoria de feria-- Sin duda pienso que se refiere a JoseLuis, el visitante más asiduo y la buena y parlanchina mujer tiene razón. La parcelita nos pilla muy lejos, a trasmano y precisamente por ello vamos a abandonarla centrándonos en el vivero que ya nos da tajo de sobra. Entre su cháchara de esta tarde invernal voy sacando de la tierra las estaquillas que han enraizado y las acomodo en una bolsa de basura de tamaño industrial que el amable y práctico JoseLuis me ha pasado. A ver cuando me acuerdo de reproducir otra de sus practicidades, llevar siempre en el coche un cepillo de raíz para quitar el barro de las caminatas o excursiones por el campo.

Pues que pena que dejeis esto porque sois buena gente. En fin, a ver si el próximo vecino también lo es. Procuro no tomar descansos muy largos porque cada vez que me estiro alejándome del suelo continúa dándole a la húmeda y me parece un poco descortés volver a la faena porque parece como que no la escucho o que no me interesa lo que dice, algo que no anda muy desencaminado pero la luz se va y quedan palitroques con raíz y con pocas hojitas -- algunos, no todos -- que han de ser llevados inexorablemente mañana sábado 27 de noviembre de 2010 a Palazuelo de Vedija, el pueblo de Sergio que tan en serio y tan a pecho se toma esta plantación. Cerca se encuentra un cobertizo donde se guardan herramientas y maquinaria. Un señor mayor se acerca con un tractor dispuesto a cobijarlo en él pero se encuentra con un compañero o pariente más joven y lo deja con el motor en marcha mientras parlotean. El ruido y el tufo a gasoleo apestoso quemado por un motor de cuando España no tenía AVE ni autovías y la estrella del cine nacional era Paco Martínez Soria están asegurados gracias a la «generosidad» del abuelete. Cerca del crepúsculo oigo a alguien que se acerca silbando por el camino de esa manera ostentosa que busca advertir de la llegada a alguien conocido. Efectivamente, es Txomin y me alegra el atardecer, en esta hora en que ya no esperaba a nadie. Me ayuda a terminar con el currete, recogemos la pala y nos despedimos de la buena señora que se ha quitado prendas hasta quedar con los brazos al aire. A estas alturas ya casi somos colegas de huerto y Txomin y el menda bromeamos con ella sobre su «frescura» antes de despedirnos. A continuación nos dirigimos a un bar cercano y parlamos un ratillo aunque la parrafada prolongada tiene lugar cuando ya hemos salido del bar y me empiezo a pelar de frío al permanecer a la intemperie.

El sabado por la mañana ya hay dos personas esperando en el vivero, una de ellas Sergio, algo ansioso por que la plantación de hoy llegue a buen puerto. El año pasado en la fecha designada a su pueblo las inundaciones en la zona -- junto a una laguna estacional-- dieron al traste con el intento. Después llegan Dori y Pruden y lo de siempre, tras cargar, en marcha carretera de León adelante. Llegamos a Palazuelo puntuales y allí ya ha llegado una familia de los voluntarios de la caixa que nos apoyan en esta actividad. Esperamos un rato y se acercan los padres de Sergio y dos vecinos más. La aparición estelar corresponde al alcalde , todo un personaje con su mono de faena puesto bajo el que asoman unas botas puntiagudas de piel bicolor, negras y marrones cerca de la puntera donde presentan un adorno grabado en bajorrelieve. Una lástima que sus ocupaciones le impidan acompañarnos a la plantación porque esas botas prometían un rato ameno.
Nos vamos hacia la laguna. Los coches que traen los briks y la herramienta se quedan a cosa de doscientos metros orillados en un camino terrero en el que los charcos todavía muestran una corteza de hielo. Por suerte el Sol brilla sin obstáculos y no sopla ni el más ligero viento. Cruzamos cargados las tierras que lindan con el lugar de plantación y Sergio y Pruden dilucidan donde empezar a cavar. Tercia Álvaro que se ha acercado desde Moral de la Reina y al final nos dividimos temporalmente en muy lejos muy lejos y aquí al lado. En lo de cerca JoseLuis el excamionero (no el de ARBA VA de toda la vida) y yo nos quedamos solitos y al cabo de un rato echamos de menos al resto de la peña que ha ido llegando poco a poco y nos acercamos a su posición. Y así la actividad se hace más amena. Por allí hay media docena de niños que siempre alegran el ambiente. En esta ocasión disfrutan de este lugar novedoso explorándolo cuando ya no quieren plantar más. Entre todos somos más de una veintena de personas y entre sauces y rosales, saucos y algun aligustre se tiran fotos y más fotos ¡Cómo se nota que ya han pasado los tiempos del revelado químico! El campo ya ha recibido lo que hemos traído para esta zona bastante o demasiado poblada de chopos, aunque según nos dicen más tarde, algunos de ellos se han secado. Volvemos hacia la zona más cercana a la laguna y rematamos con saucos y otros arbustos. Sergio ha plantado algunos alisos cerca del agua pero alejados entre sí porque no quiere que se cierre la laguna para facilitar el acceso de la fauna terracampina.
Mientras devolvemos las azadas y palines al sueño del maletero podemos ver como una pareja se baja de un coche a lo lejos en el camino y llevando no se que extraño artefacto que comentan parece una sonda se encaminan a la laguna.

Los niños y sus padres todavía tienen energía y con la ilusión de aventureros en tierras desconocidas exploran los alrededores de la laguna y después vuelven andando por el camino prefiriendo el paseo a ir en coche. Solo acepta montar en la furgoneta un niño de cinco añines, Álvaro, que se suelta en seguida y nos empieza a contar como es el coche de su papá. Los niños son lo mejor del mundo, sobre todo si no son tuyos.

Por la carreterita estrecha que nos devuelve al pueblo podemos contemplar como vuelan perezosamente a baja altura una docena de milanos reales buscando manduca. Como la Naturaleza es sabia, seguimos tan sabio ejemplo y lo hacemos como corresponde a miembros de tan alta alcurnia en una sala del Palacio de los Cuadrilleros donde se ubica el ayuntamiento del pueblo. En la mesa de la sala abovedada se disponen unas sopas de ajo de temperatura y picor infernales servidas en cuencos de barro. Como no me gusta la sopa me toca el de tamaño familiar, logicamente. Unas tortillas de patata nos sonríen desde sus platos como buenas chinas y se ven flanqueadas por empanadillas contundentes y embutidos ya cortados y presentados en platos de plástico. Sea donde sea y como sea, lo único que cae por completo es el vino mientras sobra agua, comida y refrescos. La reunión se distiende y el efluvio alcohólico derrite el hielo facilitando el acercamiento y la conversación cruzada mientras los niños, por turnos, dan ruidosos cacharrazos con las piezas metálicas de un juego de la rana que se encuentra en la sala.
Cuando ya hemos tripeado casi todo lo que nos cabe aparece el alcalde que nos ha recibido a la vuelta de la laguna con un derrape de su mercedes y por supuesto sus botas de Texas, la estrella solitaria de la Unión. Ahora luce un chaleco salmón debajo del traje que ha debido emplear para representar al pueblo en ¿Intur, Fitur? una feria de turismo, llámese como se llame según comenta la madre de Sergio.

En el centro del atrio del palacio nos ha sorprendido un carro de madera de cuarenta o cincuenta años cubierto de toldo y con un curioso departamento inferior cerrado por barrotes para llevar tal vez animales pequeños de la granja al mercado y al revés. Los niños no se pueden resistir a semejante juguete y se suben a él, corretean a su alrededor, gritan, patalean, me pegan cuando entro en territorio enemigo, etc.

Saliendo del ayuntamiento, en la plaza, pasamos al lado de la estatua al marranero, homenaje figurado por un hombre bajito de bigote y boina liando un cigarrillo con las dos manos mientras sostiene bajo el brazo una especie de fusta para controlar que no se desmande el gorrino que le acompaña a su derecha.

La reunión continúa en un bar del mismo Palazuelo donde nos convida el voluntariado caixero a cafes o tes o lo que sea. Abarrotamos el bar mientras otro bar tiene espacio de sobra --las antiguas escuelas donde he entrado por error siguiendo el dictado de mi despiste--. En él solo se reúne en penumbra un pequeño grupo de jubilados a jugar la partida resaltados por rayos de Sol oblicuos que inciden desde una ventana sin los cuarterones cerrados a diferencia de las demás.
Los voluntarios se retiran cada uno a su olivo, a su quehacer o a seguir con el turismo y los padres de Sergio no nos dejan partir sin ver antes la casa familiar, de anchas paredes, con gloria encendida en el momento en que entramos muy bien cuidada y dispuesta. Sorprende la cantidad de habitaciones y la enormidad de objetos de uso cotidiano de antaño que decoran el interior y el amplio patio. Casi se puede decir que es un pequeño museo etnográfico con herramientas, tablas de lavar, llaves de la luz, grifos y un etcetera bien largo de objetos colgados en las paredes. En una pieza adyacente un pequeño taller mecánico se une junto a infinidad de trastos al vivero de Sergio plasmado en briks o vasitos de yogur perfectamente identificado sus contenidos con sendas etiquetas. En ello se deja ver el gusto familiar por el orden. A pesar de estar llena, la casa tiene espacio en todas sus habitaciones como resultado de una distribución eficaz del espacio. Amablemente quieren invitarnos a tomar algo tras mostrar toda la casa, pero la hora avanzada nos lleva a rehusar y emprendemos finalmente el camino de regreso a casa cuando la puesta de Sol ofrece un espectáculo del que nadie creo que llegue jamás a cansarse.

2 comentarios:

eltrasgodelsur dijo...

¿Por qué todas las plantaciones concluyen con comida casera y calentita? Será por el frío, las buenas gentes que abundan por este mundo o la función social e integradora que administran tan bien los organizadores.

Pedro dijo...

Cómo? También hay que plantar? Amos anda!!