ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN

DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID

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MARTES de 18 a 21 h. en el vivero:

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frente a la residencia Alfonso VIII.

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viernes, 24 de junio de 2011

Obarenes, junio 2011


Envueltos por la noche llegamos al albergue de Quintana Martín-Galíndez. En la comarca son aficionados a largos nombres en algunos casos como este. De día el edificio parece una de esas estaciones antiguas construidas con piedra caliza. Pero por aquí no pasa ningún tren, solo líneas de alta tensión. Llegamos cuando todo el mundo está acabando de cenar. Raúl ha salido a recibirnos con la cortesía que se estilaba antaño y nos da las primeras indicaciones. No nos entretenemos mucho y aterrizamos sobre unos macarrones pigmentados de color anaranjado desprendido por trozos de chorizo.Parece que estrenamos el albergue, todavía se huele la pintura y todo es novísimo, sin acusar los signos de desgaste que produce el uso. Pensado para grandes grupos, las habitaciones con literas son enormes --excepto una para cuatro personas-- y los baños tienen espejos a la altura de los niños. Nuestra habitación es amplia y repleta de literas repartidas con sitio suficiente para moverse entre ellas. Armarios de taquillas pegados a la pared se disponen entre las literas de dos pisos. Las ventanas no tienen cortina ni persiana así que cada vez que pasa un coche por la carretera contigua vemos sus intensa luces barrer las paredes correspondientes.
Los txirpis han acudido en mayor número que los arbavas y en seguida destaca Adolfo y su risa estentórea. Es un placer poner los ojos encima a toda esta peña y medio saludarles en el planeo de aproximación hacia la cena. Aún no hemos acabado de deglutir y Raúl desenfunda su pistolón y lo posa encima de la mesa junto a la caja de caudales delante de nosotros una vez que el comedor ha quedado despejado y gentilmente nos aligera con firmeza del peso de los euros que ha adelantado para pagar comida y cama.La cena se acelera para cumplir los horarios del albergue que se oscurece en teoría a las 12. Un grupito se queda viendo la tele en un salón de la planta baja, pero poco tiempo después comienzan las bromas resignadas sobre ronquidos. Y aunque los virtuosos han sido gratificados con una habitación para ellos solos pronto se comprueba que nos hemos reservado la compañía de algunos maestros de conservatorio de forma que el roncón de la gaita nos acompaña todo la noche. Afortunadamente, nuestro rincón queda alejado de los roncadores. El Padre nos bendice con su torrente de verbo florido para antes de dormir y creo que algún roncador cae fulminado como por un rayo ante semejante poderío verbal. Las luces se apagan pero el padre enciende un candil y continúa en la labor de preparar su siguiente sermón.
Las fuertes luces de Sol nos despiertan bien temprano, mucho antes de la hora del desayuno y los impacientes comienzan a levantarse y susurrar entre ellos en un primer momento para una vez fortalecidas las cuerdas vocales y la confianza basada en su número, elevar el volumen del runrún hasta hacer desear haber venido con un grupo de mudos a los que permanecemos en horizontal. Y a continuación, el tráfico hacia el baño y las duchas pasa a tener nivel amarillo con momentos puntuales de nivel negroEl desayuno es un guirigay potenciado por la mala acústica del comedor. No es que se pueda pedir a un comedor la de una sala de conciertos, pero algo en la disposición de paredes y techos produce una intensificación del sonido con picos cada vez que Adolfo lanza su risa potente. Es como si el sonido formara olas que cayeran encima de sí mismas y se reforzara.
Por fin nos ponemos en marcha coche tras coche en busca de la cruz del Pico Humión. En el camino encontramos belladona, heléboro y disfrutamos de las explicaciones botánicas de Pruden y entomológicas de Óscar, cada uno dominando en su campo. Ambos desarrollan su discurso sin sobresaltos, con la solvencia, seguridad y calma que da el conocimiento profundo de una materia y lo mejor, sin importarles repetir algo a los pesados que zascandileábamos alejados y no nos hemos enterado.
A lo lejos vibran en el aire los tonos graves de una música parte de una celebración campestre en la que entre canciones tan sugestivas como el tractor amarillo se reparten bollos preñaos, vino y chapas, bolígrafos y pulseritas a favor de la cercana central nuclear de Sta. María de Garoña ubicada en un meandro del Ebro. Aquí el grupo se divide y mientras unos suben a velocidad superlumínica, otros ascienden remoloneando y algunos más se quedan temporalmente en la fiesta papeando y bebiendo. Los walkie talkies no logran disipar las nieblas de la anarquía grupal, el mío está estropeado y no emite voz, pero al final casi todos nos encontramos en la cima del pico Humión salvo los que desde el lugar de la fiesta regresan al punto de partida, el pueblo de Santa Mª de la Cubilla donde se han aparcado los coches. Comemos en la cima los que comemos en la cima. Ahora Sol, ahora nubes delante del Sol y viento frío, recorremos varias estaciones en el rato que dura la comida. Las vistas son excepcionales con el Ebro haciendo cinta y eses allá abajo entre parches de terreno pajizo limitados por setos verdes de matorrales o árboles; en la otra vertiente se divisa el hayedo que hemos cruzado para subir y los huesos de roca de la montaña burgalesa vestidos en gran parte por la vegetación.
El descenso después de oler las pequeñas y fragantes rosas rojas de montaña refugiadas en los huecos de las rocas va a tirones como es habitual en los paseos botánicos ya que cada vez que se encuentra algo interesante, Pruden forma corrillo de excursionistas díscolos a su alrededor. Poco a poco descendemos y en la ladera encontramos frutos de Fritillaria y un único ramillete de flores blancas de Talictrum que flotan sobre un matorral verde achaparrado como si fueran una nube zen decorando el cielo azul del verano que está a punto de llegar. Andando y andando aparecen matas de arce de Montpellier.
Cruzamos un portalón con un curioso y enorme cerrojo realizado con un trozo de tubería y unas soldaduras. Sin que aparezca el Fraxinus ornus o fresno de olor citado en esta zona dentro de una avellaneda embocamos el camino que lleva al pueblo donde los lugareños están en la calle y los que han llegado primero azotados por el látigo de su impaciencia y sus nervios charlan sentados
en bancos al lado del bar. Esos mismos impacientes, una vez descansados, son los que se suben antes a los coches y arrancan hacia la señorial villa de Frías, con castillo en alto y puente con puerta de piedra a su mitad quizá para franquear el paso únicamente al pagador del portazgo. Frías y sus piedras están preparadas para el turismo con aparcamientos y bares. También la huerta hace su aportación a la economía del lugar a juzgar por los invernaderos que reposan en el extrarradio extrañando a los ojos que los ven por primera vez contrastando con el aire medieval de la ciudad. La visita pausada es tardía y por ello no nos permite entrar al castillo pero sí disfrutamos del aroma de los tilos que perfuma el aire junto a él y de las vistas que ofrece esta atalaya.
En un momento dado aparecemos en una ermita cerca de Frías, situada en un desfiladero en los alrededores de Tobera, casi unida a la pared de piedra que protege sus espaldas. Un puente de piedra con joroba delante de ella está siendo restaurado. De aquí arranca un sendero-galería envuelto en vegetación y rodeado de quejigos que ascendemos hasta llegar a la misma pared de toba superando un abrigo de roca donde en caso de tormenta tal vez se refugiaran nuestros antepasados. La ermita no es espectacular y unos cerezos repletos de frutos junto a la carretera se convierten en las estrellas del momento. Las cerezas están buenísimas, muy sabrosas, aunque el acceso a ellas es difícil porque los árboles crecen en la ladera pindia del arroyo que cruza el puente jorobado y quedan muy altas en su mayor parte. Además el suelo está completamente cubierto de vegetación de manera que no sabes donde pones los pies. No obstante, los visitantes que pululan por la zona nos han visto recolectar y rápidamente imitan el proceder en lo posible.
La tarde entrega muy lentamente el testigo a su hermana más morena y dado que hay que llegar a cenar a hora temprana iniciamos el regreso hacia el albergue y llegamos con tiempo para la ducha de algunos, el zumbido y el remoloneo general y la puesta en horizontal de unos pocos.
La cena es frugal para compensar el desgaste del día: una ensaladita y unos sanjacobos que de santos tienen poco y de queso menos. Y de postre una manzana golpea en la boca del estómago destruyendo la ilusión de algo contundente que acabe con el hambre. Pero también hay cerezas del pueblo de la jefa del alojamiento, algo es algo.Luego el personal se ducha o espera a los que se duchan en segunda sesión para bajar hasta el pueblo y hacer gasto en algún bar. Por mí parte, cansado y engorrinado, perfumo el baño con esencias propias mientras leo un suplemento que me facilita gentilmente Conchi. En ese momento entra Paz y me canta aquello de son tus perjúmenes, buen hombre, los que me sulibeyan. Después me ducho con tranquilidad e intento reposar en la litera a sabiendas de que en un momento dado va a llegar la peña y desvelarme. Dori, encogida como una oruguita ya duerme cuando asomo por la ventana y recibo el golpe deslumbrante y traidor de las largas de un auto que circula por la carretera.
Un rato después Espe y la Pequeña Ana que han estado jugando en el exterior del albergue a la peonza y se han quedado dormidas viendo programas de la televisión-nana en el salón suben las escaleras y se incorporan a sus literas. A Ana le corresponde la de arriba y esta noche cuento menos vueltas que la noche de ayer. Está rendida de la jornada pero tanto ella como su hermana Inés no han pronunciado una sola queja de cansancio a lo largo del día.
Por fin, como previsto, las mesnadas txirpi-arberas regresan con fragor al principio, descendiendo después, siendo sustituido con brevedad increíble por los ronquidos de otra noche de sonidos compartidos. Se nota el sábado y que este pueblo es grandecito y atrae a los amantes de la vida nocturna embutidos en un número mayor de coches que la noche del viernes.
La alborada penetra por las ventanas cuando se oyen rumores de alguien que desea ser silencioso para no despertar a los durmientes: Óscar sale a “cazar” fotos de flores en el ultravioleta.
Las luces del Sol se cuelan de nuevo por las ventanas y a pesar de tener por un lado una toalla y por el otro el edredón granate de la pequeña Ana cubriendo casi todo el hueco entre la litera inferior y la de arriba el brillo del Sol se cuela hasta los ojos y hace imposible seguir durmiendo. En el turno de baño coincido con Conchi que me toma el pelo porque desconozco que hay pintalabios como el suyo aplicables con un pequeño pincel del que hace uso frente al espejo. La variedad de los afeites no es infinita, pero casi. Un globo aerostático se acerca a la Luna dentro del marco de la ventana.
Ayer hacía fresquito e incluso frío a la sombra o con el Sol tras las nubes, hoy la atmósfera está completamente en calma, no hay un soplo de viento y el cielo despejado hace prever que el calor apretará y vamos a sudar más que Bud Spencer en el Sahara. Así que el grupo saca los frascos de crema solar y empieza a aplicarla. Pitos me embadurna gentilmente con el potingue solar por suerte para mí ya que no quiero quemarme la cara como ayer. La jefa del albergue hace una foto de la pandilla en el exterior como grupo inaugural de las instalaciones; colgaremos dentro de un marco, quizá?
En un salto los coches, la panadería del pueblo y la carretera que conduce a Montejo de San Miguel reciben la impronta grupal. Aquí se aparca donde es posible, el pueblo es pequeño y pacíficamente lo invadimos bastante. La iglesia está abierta pero nosotros caminamos hacia nuestro propio santuario siguiendo un itinerario botánico salpicado aquí y allá con cartelitos que nombran a pie de especie a esos convecinos con raíces.El sendero acompaña en el primer tramo al Ebro y nos ofrece delicias como una orquídea Epipactis a la sombra o una Blackstonia perfoliata sonriendo con sus pétalos amarillos y sus hojas siamesas. También hay una madreselva de nombre Lonicera xylosteum con frutillos y hojas pareadas, cornejo (Cornus sanguinea), rubia, Vincetoxicum nigrum, Viburnum lantana y Viburnum tinus, dos especies de durillo, hierba betunera (Bituminaria bituminosa), Dorycnium hirsutum, vulneraria, spirea y más que dejo para otro día tal vez. Luego se gira a derecha y asciende hacia el cerro de San Miguel mientras abundan las orquídeas Anacamptys piramidalis. Despojados de la agradable sombra vegetal de la orilla del río reposamos con frecuencia empujados a ello por el calor y la pendiente que culmina en una ermita junto a la que Óscar literalmente tirado en el suelo retrata las vainas todavía verdes de una planta de Espantalobos.Para cuando llegamos a la ermita el grupo de los adelantados que han partido en la pole position ya han acabado el recorrido circular y llegado de vuelta a Montejo de S. M.
La buena de Ana nos da indicaciones a través del walki talki para que vayamos por el camino correcto y si queremos ver las carboneras bajar por el camino así indicado y luego dar media vuelta para volver al pueblo tomando el otro camino.Mario y yo tomamos la delantera en el descenso y llegados a una bifurcación donde Juan Luis ha dejado un palo cruzado en el suelo con una nota debajo escrita en un papel indicando el camino correcto, picados por la curiosidad, los dos seguimos el camino que no es y la falta de “ortodoxia” es recompensada con un mirador sobre roquedos, barrancos y la vista de un par de aves que Mario identifica como alimoches remontando lentamente el vuelo. En ambos, debido a su cercanía, se distingue claramente el color amarillo de su cara y parte del pico.El camino es cuesta abajo, amplio, de doble rodera y en poco tiempo los dos alcanzamos el pueblo donde a pesar de llegar los últimos recibimos como premio la contemplación de una Vanessa atalanta libando las flores blancas de un seto de aligustre. Entramos en la plaza detrás de la iglesia donde el personal se ha sentado en unas mesas bajo un techo de vigas de madera sin paredes que descansa sobre columnas de escasa altura apoyadas en un murete de piedra. Es una zona de esparcimiento junto al bar donde se está más fresco que en cualquier casa. Adyacente a ella se extiende una pista segada con una gran plancha de hierro que ocupa buena parte del suelo rodeada de un murete de piedra. Alguien dice que sirve para jugar a los bolos tradicionales. Un moral añade sombra al conjunto con sus corazones aserrados verdes y sus frutos sin madurar.Un avispado explorador ha ojeado los alrededores y descubierto un bar con terraza sobre césped sombreado con plátanos de paseo al lado del río ¿qué río? Pues no sé, pongamos que el Ebro. Aquí nos tomamos helados y cafeses o la bebida que sea con mucho hielo o muy fría. De hecho, dejamos al bar al borde del agotamiento de sus existencias de hielos lo que con el calor reinante me convence de forma irrefutable de que el fin del mundo está cerca. Agoreros y pájaros de mal agüero, déjense de tonterías de 2012 y calendarios mayas. Un día de junio de 2011, con un calor canicular sin hielos en un bar, eso sí que es el fin del mundo.
Ese calor nos descalza para sentir el placer de apoyar la planta del pie sobre la hierba fresca. Me tiendo sobre el césped y Paz de motu proprio me masajea el cuero cabelludo con presiones diferentes resultando en una relajación que por poco me deja dormido. Al levantarme, Dori me ve poco atento y se sube a caballito. La despedida nos separa no sin que le estampe besos extra a Kepa que me mira entre receloso y ligeramente alarmado. No te preocupes Kepa, sigo siendo el mismo que el año pasado puso a enfrescar la bota nueva de vino de Espe en un arroyuelo cuando paramos a comer en la salida a las hoces del Ebro. Aunque los Txirpis se van pa’ Bilbo y la distancia pronto nos separa seguimos unidos en el deseo de frescura y ellos pararán en la piscina fluvial de Pedrosa de Tobalina y nosotros haremos lo propio en Tobera donde admiramos las cascadas que forman toba o bajo un puente gozan de una cortina de hiedra formando un rincón bellísimo. Aguas abajo, aún dentro del pueblo, unas piedras intermitentes permiten cruzar el curso de agua y sentarse a remojar los pies.

Lejísimos, a más de 20 millones de años luz, en la
galaxia Messier 51 la supernova SN 2011dh, una estrella que ha estallado, aumenta de brillo sin que seamos conscientes de ello. El universo es muy grande, pero las salidas de Arba y los Txirpiales también, eh?



Agradecimiento a Óscar Aguado por sus magníficas fotografías

Indice de fotografías:

· Campos de Frias al atardecer
· Melanargia lachesis libando en Scabiosa
· Lysandra bellagus libando en Lotus sp.
· Campanula hispanica polinizada por Andrena sp.
· Catananche coerulea, flor y capullo
· Lathyrus odoratus
· Txirpis y arbaveros en el monte Humión
· Reposando en Sta. Mª de Cubilla
· Echium vulgare con Maculinea arion macho libando el néctar
· Marys Poppins en el Humión
· Catananche coerulea en el visible
· La misma flor en el ultravioleta, tal como la vería una abeja
· Catananche coerulea y díptero polinizador
· Ceramius sp. libando
· Halictus sp. polinizando Erodium gaucoides
· Semillas de Lunaria sp.
· Lino blanco
· Arberos en monte Humión
· Una cascada de Tobera

2 comentarios:

eltrasgodelsur dijo...

La metáfora, las comparaciones imposibles y la prodigiosa capacidad de observación que atesoras dotan al artículo de un prodigiosos encanto conmovedor que nos hacen retroceder a la experiecnia vivida. Lo del masaje consentido me ha llegado al alma.

Pedro dijo...

Es que en nuestro entorno hay gente muy maja. Y las fotos del Óscar, de película.
Espero impaciente la próxima reunión Txirpiarbera, dadle caña!