ASOCIACIÓN PARA LA RECUPERACIÓN

DEL BOSQUE AUTÓCTONO EN VALLADOLID

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MARTES de 18 a 21 h. en el vivero:

Facultad de Medicina, entrada por c/ Real de Burgos s/n

frente a la residencia Alfonso VIII.

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domingo, 13 de junio de 2010

Salida al sur de Cantabria


LA CRÓNICA DE PEDRO


Las orquídeas nos dan una lección de humildad, me parece. Podrían pasar perfectamente sin el ser humano. Un género, el Ophrys, ha evolucionado para atraer a insectos polinizadores mediante “engaños” morfológicos, feromonas y no me extrañaría que luciendo colores invisibles a los ojos del Homo sapiens sapiens. Flores bellísimas y fascinantes que no se revelan a cualquier mirada, no levantan mucho del suelo, hechas a la medida de los insectos y fotografiarlas o apreciar toda su belleza y la morfología de la flor exige echarse al suelo en posiciones nada cómodas. Su objetivo son esos insectos, y para ellos es fácil aterrizar en un pétalo grande o labelo desarrollado con tanta inteligencia que en algunas especies contienen incluso una pequeña repisa en la zona inferior en la que el insecto encuentra apoyo perfecto.

Estas maravillas menudas requieren atención, pasarías de largo muchas de ellas sin una mirada detenida. Y aun encontradas, su compleja tridimensionalidad obliga a acercar el ojo y moverlo a su alrededor. Identificarlas tampoco es sencillo para un novato pero es una alegría contemplarlas en un día soleado de primavera mientras te asombras de la belleza oculta que surge en ocasiones de suelos ásperos y el tiempo se remansa corriendo a velocidades muy distintas fuera/dentro de ti. Quizás no solo lanzan su hechizo a los insectos, no lo sé, solo puedo deciros que largo rato de una tarde se me encogió en puros minutos.

Esa fascinación conduce a Txemi a darnos unas nociones la noche del sábado mientras pasa fotos contenidas en su portátil hasta la pantalla de la pared mediante un proyector digital y un resumen de lo que podremos encontrar al día siguiente en unas hojas de papel. Imposible no quedar deslumbrado ante estas flores propias de zonas tranquilas que piden visitas tranquilas derrochando calma.

La luz menguante del viernes tarde nos ve llegar a Reocín de los Molinos, un pueblito del Sur de Cantabria donde se ha contratado el alojamiento rural. La cena es de aportación comunal y Raúl en dentro de su delantal burdeos prepara una sopita y “cocretas” caseras que causan afición y atraen a otros excursionistas como las orquídeas a ya sabéis quien, en este caso sin feromonas pero con buen hacer. El acceso a la casa es encantador, se cruza un puentecito estrecho sobre un río y ya estás en la casa Pin del Río. Antes las casas tenían nombres, no números.

Un paseo pequeño por los alrededores del pueblo nos ha convencido de la generosidad de la Naturaleza en esta tierra. La estrecha carretera abrumada por la vegetación de sus orillas nos conduce a un molino en el que los dueños mantienen un jardín con peonías en plena y abundante floración. El hombre que entrega la llave de la casa indica amablemente un pequeño salto de agua. Nada más verlo, apetece la llegada del verano para que resulte tolerable la inmersión en las aguas frías del río Polla. Pero no es el momento y regresamos a la casa cruzando el pequeño puente. No vemos a ningún habitante habitual de aquí pero las casas, todas de paredes de piedra, están bien cuidadas y mantenidas dispuestas a ser ocupadas tal vez en el cercano verano. Los días siguientes sí aparece algún poblador discreto detrás de una ventana o en un patio. La cena es ruidosa, animada, y por la puerta pasan Antonio, Rosa , Isidoro y más personal cambiando la mesa del comedor por una especie de camarote de los hermanos Marx la noche del sábado y el silencio y paz de mamá Naturaleza por un guirigay.

La cena ya ha bajado un poco cuando azuzados por Raúl y Adolfo caminamos hacia la casa del encuentro donde se reúnen más humanos interesados en plantas, animales y las cosas del campo autóctono, txirpialers y simpatxirpiales. Allí se lanza la idea de una actividad para una futura excursión con una acogida acorde a la exposición cansada y sin energía de quien escribe. Los procesos son pesados cuando involucran a muchas personas y a veces muchas personas son más de una. Se da tiempo para la reflexión y más tarde me sorprenderé de la amplia aceptación.

Un poco doblados por el cansancio del día y el viaje viramos 180º rumbo a nuestro puerto al otro lado del río y aunque el colchón está en cuesta no tardo en dormir acunado inconscientemente por el inaudible rumor exterior del agua que corre.

Al día siguiente barajamos coches y personas de forma que no se sientan incómodos ni conciencias ni cuerpos. La ratio viene a ser de cuatro personas por vehículo, una por cada rueda, no como los saltimbanquis de monociclo sino cuatro ruedas para cada cuatro personas. Todavía no dan para tanto nuestras habilidades circenses. Guiados por Txemi en cabeza, los coches avanzan y saltan en caravana al ritmo de los badenes y baches gordos. Ahora lo recuerdo y viene a la imaginación la secuencia de aquel zorrillo en el Cerrato palentino que huyó de una roca espantado por nuestro vehículo internándose en un campo de cereal todavía verde del que sobresalía intermitentemente su cabeza a medida que avanzaba a saltos alejándose de nosotros.

Unos cuantos giros por la encantadora carretera de buenas vistas y llegamos al aparcadero en el que cobran notoriedad mis maniobras o mejor dicho, “patiobras” de aparcamiento. Todos en pie fuera de los coches esperamos nuevas incorporaciones mientras la charla pasa de marejadilla a mar gruesa. La comarca exhibe orgullosa a uno de sus hijos ancianos, Braulio, depositario de historias sin número, encantado de tener tanto y tan atento público a quien hablar desde el conocimiento inveterado de su tierruca. Nos acompaña durante toda la excursión, una ruta circular a través del Monte Hijedo. Su persona y relatos desde la guerra civil y el frente entre aquellos montes hasta los guardas que multaban su furtivismo (entrellos el padre de Txemi) y un largo etcétera aportan un color local solo dable por quien mucho ha vivido y recorrido la tierra de sus padres. Cada lugar, tipo de árbol o planta adquiere más viveza con alguna de sus narraciones para quien quiere oírlo. Será que las vivencias aportan al espíritu de unas montañas o un bosque una vida de otra forma perdida; y Braulio, apoyado en su bastón camina y habla, caminará y hablará mientras no cruce la bruma del viaje ese que solo tiene billete de ida.

Un pie y ahora otro llevan al grupo a la Cabaña de Hijedo, un palacete campestre con su ermita, sus dos torres poligonales y un tejo en el patio, capricho de un pudiente lugareño de comienzos del siglo XX.

Los tejos son abundantes para ser tejos cuando nos internamos en el monte. Los hay de dos sabores: creciendo en zonas umbrías cerca de arroyos o bien rompiendo con calma rocas sobre las que se aúpan sus “tubos de órgano” resultando espectaculares formas orgánicas que parecen derretirse y chorrear cubriendo parte de la roca como un queso fundido o unos relojes blandos de Dalí.

Los brotes de tejo se ven pero pastados por esas vacas decoradoras del suelo cuyas esquilas se oyen por algunos sitios. Hayas y robles albares (Quercus petraea) pinos, tojos, cucos y otros pájaros, tritones en los charcos del camino, pequeñas crías de tritón que causan furor, atrapados para que veamos su panza naranja o algún otro rasgo característico, ranas menudas que atraen el instinto cazador de los niños alegran nuestros pasos y nos lanzan alrededor del cazador cuidadoso que suele ser Txemi, dando explicaciones con su meritoria paciencia al grupo de humanos-polilla que revoloteamos en torno a él indisciplinados como pandilleros juveniles.

La percepción da un vuelco cuando te quedas a solas con el bosque, en medio de esa mística sensación de vida que palpita y te observa. ¿Seguirán haciendo aquelarres por aquí?

Los grupos se disgregan siguiendo cada uno su propio ritmo y los más inquietos ya están reposando de nuevo en el prau de la Cabaña de Hijedo a nuestra llegada. Unos masajes a dos, dos y cuatro manos de Dori y Pilar transforman mi cuello de palo en cuello de cisne. Si me quedo más tiempo tumbado como vaca en el prau, me duermo. Así que a jugar a las patadas al balón. ¿Balón? ¿Si no hay! Es igual, pateamos palos a ver quien llega más lejos.

El mirador de Monte Hijedo proporciona unas vistas del valle que acabamos de recorrer tapizado de robles y hayas de forma tan tupida que resulta imposible distinguir el suelo.

La vuelta al alojamiento nos da la oportunidad de avistar aguileñas en la misma cuneta. Y por fin, la cena, ¡qué hambre! El chef, Monsieur Raúl prepara una pasta a la boloñesa que nos repartimos entre más que en la cena Cristo y el resultado no deja dudas: está de buena que cruje. Dori pone a calentar su puré también de rechupete y las pechugas de pollo con una vinagreta de receta propia. Confirmado, nos encanta comer y qué mejor excusa para juntarse que compartir viandas. El padre Antonio también ha acudido y solo nos permite mover el bigote tras bendecir la mesa y darnos una buena ración de sus consejos para una vida de cristiano provecho. Con el abdomen dilatado, observo a Inés y Ana mirar la tele que atruena con el algo pequeñito y otros “delicatessen” sonoros con los que suele gratificarnos eurovisión. La próxima edición, eurovisión 3D, amigo; hay que apuntarse al carro vendedor.

Miguel, un niño más peque que Ana juega con ella al parchís y a la oca tras un día de aventuras en el que no se ha quejado ni una sola vez de cansancio ni siquiera tras empaparse en agua y barro hasta las rodillas. Pero nada como el tío Pedro dando ritmo con los cubiletes de los dados-maracas del parchís o jugando al baloncesto con la baraja para animar a la niñez arbero-txirpialera. ¡Aúpa los juegos descontextualizados!

Los intercambios verbales se relajan y el personal desfila hacia la casa de reunión donde Txemi nos ofrece una video presentación y desgrana nociones sobre el fascinante mundo de las orquídeas. Sus palabras dejan traslucir la admiración que le causan; las llega a calificar de especie inteligente por su rápida evolución, medible en tiempo humano. La paciencia deste hombre supera la competencia punzante de bromas y chascarrillos enardecidos por el pacharán. Le aplaudimos y a continuación Raúl nos presenta a su tercera hija, la memoria fotográfica de ARBA VA 2009 elaborada con música y cariño por papá Ra. Algunos siguen festivos con el pacharán, otros, en cambio, nos retiramos a la casa Pin del Río buscando recuperar así fuerzas para mañana, el día grande de las orquídeas. En el desayuno, igual que ayer, Adolfo hace toc toc para zampar con nosotros asomando por la ventana al estilo hobbit. La hora de las comidas siempre le encuentra en la casa Pin del Río. No hay forma de acabar con toda la comida. Recogemos y hacemos la mochila y a la calle donde marabuntea mucho más personal que ayer. Llegan Paz, Pruden y Ana. Raúl y él brillan de forma extrema sin sus gorras. Caminamos río Polla arriba pasando ante la pequeña cascada de nuevo y un buen trecho más allá después de disfrutar de la sombra de un camino verde y dejar atrás un molino para visitarlo más tarde, desembocamos en unas praderas donde las orquídeas se muestran si te fijas con atención. Ophrys y Orchis se suceden y nos obligan a humillarnos hasta el suelo mismo. El botón de disparo de las cámaras sufre un severo desgaste hasta el momento en que el cuerpo reclama alimento y buscamos un lugar a la sombra que nos proteja del fuerte Sol. También hay quien ha encontrado fósiles vegetales y una concha de cuando estas montañas eran fondo del mar.

Volviendo hacia el pueblo paramos en el molino que aun funciona. La mujer es un encanto de esa rara especie que prefiere dar a recibir. Tiene una casa rural más al Norte, en Cantabria y nos reparte un díptico de ella. El molino es muy grande y hay cuartos para almacenar todos los trastos y más. Descalzar las botas y poner los pies a remojo en las deliciosas aguas frescas es más que una afición, se está convirtiendo casi en un automatismo.

Del molino y su tolva y campanilla para avisar cuando queda poco grano y se debe añadir más nos despedimos y continuamos camino hacia arriba por la carretera de Arcera que nos ofrece la orquídea de los hombrecillos ahorcados (Aceras anthropophorum) y unos preciosos ejemplares de Oprhys tenthredinifera con sépalos rosas, Serapias lingua, e incluso un Orobanche, planta que según nos comenta Pruden y Jesús no fotosintetiza y parasita raíces.

El grupo va siempre por delante y el tiempo se me escapa, no doy abasto para fotografiar, contemplar y apreciar estas maravillas. Por eso continuo el camino algo frustrado y triste. Pero después de las despedidas, devolución de llaves, etc., de vuelta a casa, cerca de Mataporquera vemos unos praditos al lado de la carretera con las pimpantes orquídeas y de común acuerdo hacemos una última parada para disfrutar ahora de este espectáculo que brinda el Sol bajo sobre el horizonte. No es la mejor luz para las fotos, pero nos quedamos muy a gusto antes de embocar la autovía y dejar pegado el pie al acelerador hasta la ciudad. En ella huele mal, pero no de forma especial, sino por contraste con el aire puro del campo cántabro y burgalés que hemos tenido la fortuna de respirar este fin de semana. Toca acostumbrarse a la peste que sin dejar de serlo desaparece mediante la magia del manto invisible de la rutina diaria.